prestar servicio en la Iglesia

Bendecido por causa de mi servicio

Por John A. Grinceri

El autor vive en Australia Occidental.

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El Señor se deleita en bendecirnos; y he aprendido que, no importa cuánto servicio preste, siempre estoy en deuda con Él.

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Hace poco, al ser presentado como orador, la persona que dirigía la reunión mencionó amablemente algunos de los llamamientos más prominentes que yo había tenido en la Iglesia, como obispo, presidente de misión y miembro de una presidencia de estaca. Ese hermano estaba siendo cortés, pero yo pensé: ¿por qué no presentarme como líder misional del barrio (el llamamiento que tenía entonces) o por alguno de mis llamamientos menos públicos?

Puedo decir con honestidad que sentí que el mismo espíritu me guiaba en cada llamamiento, y todos ellos me han traído gran satisfacción. Siempre he procurado la guía del Señor en mis llamamientos y nunca me he sentido abandonado. He llegado a la conclusión de que el Señor se deleita en bendecirnos, independientemente de dónde sirvamos.

Creo que recibiremos “… una corona de inmortalidad, así como la vida eterna” (D. y C. 81:6), no por causa de llamamientos prominentes, sino más bien por haber servido con humildad en cualquier llamamiento que hayamos recibido. El Salvador ha dicho:

“… no diga la cabeza a los pies que no tiene necesidad de ellos; porque sin los pies, ¿cómo podrá sostenerse el cuerpo?

“También el cuerpo tiene necesidad de cada miembro, para que todos se edifiquen juntamente, para que el sistema se conserve perfecto” (D. y C. 84:109–110).

En el transcurso de mi vida, he sentido temor de recibir algunos llamamientos. Cuando tenía esos pensamientos acerca de un posible llamamiento, podía apostar que pronto lo recibiría. El aceptar esos llamamientos ha requerido fe y confianza en las promesas que se encuentran en las Escrituras.

Nefi dijo: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7). Pablo declaró: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

En ocasiones, puede que sintamos que tenemos derecho a rechazar un llamamiento si nos asusta, pero debemos recordar que los líderes de la Iglesia oran en cuanto a los llamamientos y a las personas que han de recibirlos.

Cuando rechazamos un llamamiento, el cargo pasa a otra persona, la cual tendrá la oportunidad de crecer y ser bendecida por prestar servicio (véase D. y C. 58:32).

El Señor se deleita en bendecirnos; y he aprendido que, no importa cuánto servicio preste, siempre estoy en deuda con Él. En verdad, Él nos ha bendecido a mí y a mi familia por nuestro servicio en Su reino mucho más de lo que había soñado.