Presidente Henry B. Eyring: Un intelecto destacado y la humildad de un niño

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

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    Los aspectos multifacéticos de la vida y del carácter del presidente Henry B. Eyring son tan puros como a veces paradójicos.

    President Eyring waving

    Uno de los hijos del presidente Henry B. Eyring dijo recientemente: “Mi papá puede describirse en dos palabras: motivos puros”. Sin duda, todos los que alguna vez hayan conocido al nuevo Segundo Consejero del presidente Russell M. Nelson, lo hayan visto relacionarse con los demás o lo hayan escuchado dar un sermón estarán de acuerdo. En efecto, parecería que las dimensiones maravillosamente variadas de la vida de Hal Eyring (como siempre lo han llamado sus familiares y amigos) son una larga manifestación de una virtud pura en extremo, la constante demostración de un único “motivo puro”: ser, tanto en palabra como en hechos, precisamente lo que Dios desea que Sus hijos sean.

    El método que el presidente Eyring utiliza para dedicarse a esa meta es tan claro y simple como la tarea misma, ¡y no menos difícil! Desde su niñez hasta los más de 80 años que tiene ahora, Hal ha realizado dichos esfuerzos por ser justo ante Dios procurando fervientemente la guía del Espíritu Santo y estando dispuesto a nunca actuar sin la ayuda de ese compañero celestial que él menciona en casi cada conversación que tiene, cada decisión administrativa que toma o cada declaración pública que pronuncia. El disfrutar de la compañía del Espíritu Santo es el medio primordial de Henry B. Eyring para lograr un fin celestial; es una manifestación de su humildad, la cual en verdad es como la de un niño; es evidencia de su singular pureza espiritual.

    Irónicamente, las muchas paradojas de su vida hacen que la pureza de esta sea aun más sorprendente. Hal, quien lleva el nombre de su padre, un químico que fue candidato al premio Nobel, probó suerte con la física y la química, pero escogió una carrera académica en negocios, un tema completamente alejado de la tradición de la familia Eyring. A pesar de haber tenido acceso a riquezas significativas a lo largo de los años, él y su esposa Kathleen han elegido vivir toda su vida conyugal de forma modesta y frugal, en ocasiones a un grado casi doloroso (al menos así, entre risas, lo expresan sus hijos). Habiendo estudiado su carrera profesional en una de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos, habiendo sido profesor titular en otra y catedrático visitante en una tercera institución, no se puede llegar más alto en la escala educativa de lo que llegó Hal a una edad relativamente joven. Sin embargo, abandonó esa trascendencia académica y esa seguridad profesional para presidir un desconocido colegio universitario de dos años (desconocido, al menos, para cualquiera de sus compañeros de Harvard, Stanford y MIT), una institución que jamás había visitado —el Colegio Universitario Ricks—, en una ciudad cuya ubicación no habría sabido señalar: Rexburg, Idaho, EE. UU.

    President Eyring sitting at a desk

    La pureza y la paradoja perduran. El presidente Eyring, inteligente más allá de los ejemplos habituales de esa cualidad intelectual, no está dispuesto a depender de su propio talento o agudeza mental para tomar ninguna decisión en asuntos que tengan consecuencias espirituales. Audaz en el sentido más pleno de la palabra cuando es necesario y fuerte más allá de la definición acostumbrada de fortaleza, tal como ha señalado el presidente M. Russell Ballard (y los propios hijos del presidente Eyring), él no “se apresura a tomar una decisión de forma precipitada ni a elegir un curso de acción sin tener cuidado. Él jamás actuaría de manera tal que pusiera en riesgo a la Iglesia ni a nadie que estuviera bajo su responsabilidad”1.

    Un ejemplo concluyente de la pureza y la paradoja que son parte de la esencia misma del alma de Henry B. Eyring tal vez ilustre la integridad de este hombre excepcional:

    Una vez el presidente Eyring necesitaba darle la Santa Cena a un grupo que no podía reunirse en el contexto habitual de una reunión sacramental. Antes de llevar a cabo ese tipo de acción, realizó varias llamadas algo urgentes al obispo de su barrio para obtener el permiso para hacerlo. Por supuesto, el obispo accedió a su pedido de buena gana y con cariño.

    Cito este incidente en particular por una razón. Sin duda, la lección es obvia para todos. Se trataba de un pedido de un miembro de la Primera Presidencia de la Iglesia, de un Apóstol ordenado, alguien que posee todas las llaves del sacerdocio que un ser humano puede poseer en esta tierra; alguien que podría instruir —y lo hace— a cada líder de barrio y estaca de la Iglesia, entre ellos al obispo de su barrio en Bountiful, Utah, EE. UU. Se trata de alguien que puede superponer sus llaves sobre las de cualquier líder local, y como oficial presidente de la Iglesia, a menudo se requiere que lo haga. Sin embargo, con la pureza de corazón que caracteriza todo lo que él hace y la paradoja que no todo el mundo estaría tan dispuesto a demostrar, el presidente Henry B. Eyring cumplió meticulosamente con el protocolo señalado para todo miembro laico de la Iglesia en cualquier parte del mundo, presentando con humildad su solicitud ante el ungido del Señor y estando más que dispuesto a aceptar el consejo y a acatar la decisión de su líder local.

    Las raíces de su fe

    Eyring family photo

    La abundante espiritualidad y la pureza transparente de la fe del presidente Eyring comenzaron a una tierna edad. Hal, hijo de Henry y Mildred Bennion Eyring, y nacido el 31 de mayo de 1933, mientras Henry, padre, era un profesor de renombre internacional en la Universidad de Princeton, se crió en una región en la que había tan pocos miembros de la Iglesia que los Eyring tenían las reuniones dominicales en su casa. Más tarde, el presidente Eyring diría, bromeando, que él y su hermano menor, Harden, constituían la Primaria entera de la rama, y que su hermano mayor, Ted, era el único en la organización de los Hombres Jóvenes. Su madre, Mildred, era la pianista y la líder de música, aunque él no recuerda cómo hacía ambas cosas.

    El hecho de no poder adorar en un barrio grande no evitó que Hal comenzara a obtener un testimonio. “Aprendí en ese entonces”, recuerda él, “que la Iglesia no es un edificio; la Iglesia ni siquiera es un grupo grande de personas. Yo me sentía cerca del Padre Celestial y sabía [aun en ese entonces] que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es Su Iglesia; no importaba que nuestra pequeña rama se reuniera en nuestro salón comedor”.

    Cuando Hal tenía 13 años, su padre aceptó un puesto significativo en la Universidad de Utah. El joven Henry asistía a Seminario matutino y disfrutaba de jugar en el equipo de baloncesto de su escuela secundaria, pero, según lo admite, nunca forjó ninguna amistad íntima.

    Mientras se compadecía de sí mismo un día, recibió una impresión que le cambiaría la vida; sintió que era una advertencia de Dios: “Algún día, cuando sepas quién eres realmente, te lamentarás de no haber usado mejor tu tiempo”. Él respondió a esa impresión leyendo el Libro de Mormón varias veces mientras era adolescente. Además se sintió guiado por un libro del presidente David O. McKay, Gospel Ideals [Ideales del Evangelio], el cual, entre otras cosas, le enseñó a tratar a las mujeres de forma apropiada, una devoción que le demostraría toda su vida a su amada esposa Kathleen.

    Un sueño hecho realidad

    Desde que era muy pequeño, los sueños más profundos de Hal eran casarse y formar una familia. Pensaba en sus futuros hijos tan a menudo que ya les había dado el apodo colectivo de “los pelirrojos”, imaginando que tendrían el cabello rojo como el de su madre.

    Ese sueño finalmente se hizo realidad durante su servicio como consejero en la presidencia del distrito Boston, un llamamiento de la Iglesia que Hal tuvo mientras realizaba un posgrado en la Universidad de Harvard, tras sus estudios universitarios en la Universidad de Utah. Mientras estudiaba un doctorado en el verano de 1960, Hal representó a la presidencia del distrito en un devocional para jóvenes adultos que se llevó a cabo en la Catedral de los Pinos, en la región suroeste de New Hampshire, EE. UU., un anfiteatro natural al aire libre de importancia en la región. Durante el evento vio a una joven que llevaba un vestido rojo y blanco, y quedó impresionado con la bondad pura que ella irradiaba. Él pensó: “Es la mejor persona que jamás he visto. Si pudiera estar con ella el resto de mi vida, podría llegar a ser todo lo bueno que siempre quise ser”.

    La joven era Kathleen Johnson, de Palo Alto, California, EE. UU., quien no había tenido pensado estar en Nueva Inglaterra ese verano, pero que, tras la insistencia de una amiga, había tomado clases de verano con ella en Harvard. Tras el devocional al aire libre, Hal hizo arreglos para conocer a Kathy un domingo en la capilla y se alegró de saber que a ella le gustaba jugar al tenis. Hal había estado jugando al tenis con un amigo de la universidad varias veces por semana y era un buen atleta por naturaleza, por lo que supuso que un partido de tenis sería una primera cita ideal y una manera de causar una excelente impresión. ¡Lo que Kathleen no le dijo era que ella había sido la capitana del equipo de tenis de su escuela secundaria! “Me hizo añicos”, dice Hal, aún refunfuñando por el partido. Ese fue el primero de los extraordinarios ejemplos de su futura esposa en cuanto a vivir humildemente y luego ayudar a su esposo a hacer lo mismo.

    Eyring wedding photo

    Un nuevo camino

    Después de que contrajeron matrimonio y de que Hal llegara a formar parte del profesorado de la facultad de negocios de la Universidad de Stanford, una noche de diciembre de 1970, apenas unos meses antes de que él fuera relevado como obispo del barrio de estudiantes de Palo Alto, Kathy le hizo una pregunta aparentemente inesperada. Mientras Hal se metía en la cama, después de un día exigente, ella se acercó y le dijo: “¿Estás seguro de que estás haciendo lo que deberías hacer con tu carrera profesional?”.

    La pregunta lo tomó por sorpresa. Todo en la vida de ellos parecía perfecto. El futuro se veía claro y prometedor, incluso hasta en cosas como la casa de sus sueños que Hal recientemente había descrito en su diario personal, la cual incluiría sutilezas como “un cuarto para proyectos, lo suficientemente grande y firme como para trabajar allí y guardar un kayak”, además de “al menos cinco tomacorrientes junto a la mesa de la cocina” y “un cobertizo o lugar tranquilo para escribir”.

    “¿Qué quieres decir?”, le preguntó Hal a su esposa.

    “¿No podrías realizar estudios para Neal Maxwell?”, sugirió ella, refiriéndose al nuevo Comisionado de Educación de la Iglesia. Ante ese comentario, Hal quedó verdaderamente perplejo; él había visto en persona a Neal A. Maxwell tan solo una vez, y sabía que Kathleen jamás lo había conocido. Él trató de describirle por qué tal cambio en su carrera no sería una buena opción para él; no obstante, ella insistió en que al menos orase al respecto. Él lo hizo de inmediato, poniéndose de rodillas junto a la cama y ofreciendo una pequeña oración. Al no recibir respuesta, Hal sintió que el asunto estaba resuelto y pronto se acostó.

    A la mañana siguiente, sin embargo, Hal recibió dos impresiones espirituales claras que alterarían para siempre el curso de su carrera y de su vida. Las escribió en su diario personal. En primer lugar: “No uses tu juicio humano para desechar las oportunidades que se te presenten: ora sobre todas ellas con una mente abierta”. En segundo lugar: “Cumple con las tareas que se te asignen en la Iglesia y en tu profesión lo mejor que puedas; son una preparación”.

    La primera impresión llegó como una especie de reprimenda por la que, de allí en adelante, Hal se regiría para siempre. Tras haber rechazado previamente tres diferentes propuestas de trabajo sin orar al respecto, acudieron a su mente las palabras: “Jamás vuelvas a cometer ese error. Tú no sabes qué te espera en tu carrera”.

    Con esa guía espiritual en sus pensamientos, Hal estuvo preparado cuando menos de tres semanas después, el Comisionado Maxwell lo llamó para programar una reunión con él en Salt Lake City. El hermano Maxwell fue directo al grano. “Quisiera pedirle que sea el rector del Colegio Universitario Ricks”, le dijo. Hal respondió que debía orar al respecto. Lo hizo, y la concisa respuesta que recibió fue: “Es Mi colegio”. El resto, como dicen, es historia. Desde entonces, su servicio en la Iglesia ha sido tanto ejemplar como notorio: pasó a prestar servicio como Subcomisionado de Educación y luego como Comisionado (dos veces); más tarde fue llamado al Obispado Presidente, el Cuórum de los Setenta, el Cuórum de los Doce Apóstoles y como consejero de tres Presidentes de la Iglesia.

    President Eyring with President Hinckley

    Fotografía con el presidente Hinckley y con su esposa Kathy de Deseret News; fotografía del desfile por Tom Smart, Deseret News

    Sin embargo, en un sentido muy real para Hal, ningún llamamiento en la Iglesia fue más importante para él que uno en particular: “Las presiones de cada etapa de la vida nos pueden tentar a rechazar o descuidar los llamamientos para servir al Salvador…”, ha enseñado el presidente Eyring. “Tal vez algunos de esos llamamientos parezcan insignificantes, pero mi vida y la de mi familia cambiaron para mejor cuando acepté el llamamiento para enseñar a un cuórum de diáconos. Sentí el amor que esos diáconos tenían por el Salvador y el amor de Él por ellos”2.

    Una paradoja final: De todas las personas que conozco, no puedo pensar en casi nadie que esté más en contra del conflicto y que repugne más la violencia que mi amigo Henry B. Eyring. No obstante, se graduó siendo el mejor cadete de la reserva en su clase de la Universidad de Utah y sirvió a su país con distinciones en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Si tuviéramos que ir a la guerra —y ciertamente estamos en un conflicto que comenzó en los concilios de los cielos—, querríamos, antes que nada, ser guiados por alguien que odiase la idea misma de la guerra. Sin embargo, si tuviera que haber una guerra (espiritual), entonces rogaríamos que ese líder pensase con claridad, aun de manera magistral, considerase cada opción táctica y estratégica según la doctrina revelada, y viviera para buscar la confirmación del Espíritu Santo en cada decisión que tomase. Una defensa tan excepcional de lo sagrado en una batalla contra todo lo impío o profano demuestra quizás la mayor pureza de la aparentemente paradójica vida de Henry B. Eyring. Sería un orgullo para mí servir en la tripulación de su avión, a bordo de su buque de guerra o en sus trincheras.

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    Notas

    1. 1.

      Carta personal fechada el 25 de abril de 2018.

    2. 2.

      Henry B. Eyring, “A mis nietos”, Liahona, noviembre de 2013, págs. 69–70.