2018
La caída de Adán y Eva: Una interpretación positiva (I)
Septiembre de 2018


Sección Doctrinal

La caída de Adán y Eva: Una interpretación positiva (I)

Sobre la doctrina de la Caída de Adán y Eva ha habido siempre mucha confusión en el mundo cristiano, y los errores de interpretación han influido negativamente en la manera de entender la naturaleza humana, la vida en esta tierra y el destino del hombre en el mundo eterno.

Las dos herencias que se atribuyen a la Caída son la culpa y una naturaleza contaminada; es decir, la responsabilidad moral de un pecado no cometido, y la inclinación al mal, más que al bien, como causa del pecado personal.

Tertuliano (160–220) fue el primero en usar el término “pecado original”, hablando también de una naturaleza pecaminosa heredada.

Agustín de Hipona (354–430) insiste en que el hombre hereda la culpa del pecado de Adán y Eva, y hace hincapié en la naturaleza depravada del ser humano como consecuencia de este “pecado original”, llegando a decir incluso que por esta razón quienes mueran sin bautizarse, incluyendo los niños, se quemarán en un tormento eterno. Y esto, no por ninguna acción personal, sino por un origen común con ese antepasado, “con quien todos hemos pecado”. Porque todo el género humano es corresponsable del pecado original.

Pelagio (355–425) enseñaba que los niños no necesitan el bautismo para salvarse. Pero Agustín, en su lucha contra el pelagianismo, insistía en que los niños que mueran sin el bautismo van al infierno. En él encontramos la primera teoría sobre la herencia de la culpa, y la justificación del tormento eterno para quienes no se hayan bautizado.

Gregorio Magno (540–604) afirmaba que Dios condena a los tormentos eternos a quienes no se bauticen, tan sólo por el pecado original, aunque no hayan pecado nunca.

En el Concilio de Trento (1546) se confirmó la enseñanza católica de que el bautismo es para la remisión de la culpa por el pecado original.

La Reforma no cambió esta creencia católica, sino que incluso intensificó el punto de vista de Agustín. Lutero (1483–1546) y Calvino (1509–1564), por ejemplo, insistieron en que el pecado original suponía la herencia de la culpa y de un carácter depravado en el ser humano, afirmando que el único pecado que existe en realidad es el pecado original, siendo los pecados personales tan sólo una manifestación de esa presencia. Lutero llegó a afirmar que “el hombre es, con toda su naturaleza y esencia, no solamente un pecador, sino que es el pecado en sí mismo”. La Fórmula de la Concordia (1577), credo luterano, define el pecado original como una profunda corrupción de la naturaleza humana. Calvino decía que esa corrupción contamina todas las facultades del alma, justificando el castigo que el hombre merece por la culpa heredada del pecado original, incluidos los niños, que desde el vientre de su madre nacen con una naturaleza abominable para Dios. La Iglesia de Inglaterra, en su Confesión de Fe de Westminster (1646), sigue fielmente las ideas de Agustín sobre la herencia de la culpa y de una naturaleza corrupta de alma y cuerpo. John Wesley (1703–1791), fundador del Metodismo, se hacía eco de las enseñanzas de Agustín sobre el pecado original y la culpa, considerándolas perfectamente coherentes con las Escrituras, afirmando que negar el pecado original es propio de los paganos, e insistiendo en la idea de que como los niños son culpables del pecado original, necesitan el bautismo para verse limpios de esa culpa. El destacado dirigente metodista George Whitefield (1714–1770) creía también que la doctrina del pecado original forma parte de la identidad del cristianismo, y que quienes la rechacen no pueden considerarse cristianos.

Jonnathan Edwards (1703–1758), uno de los más importantes teólogos de América en su época, llevó el agustinismo al extremo, afirmando que, a la vista de Dios, los niños, con la herencia de la Caída, son infinitamente más odiosos que las víboras.

Católicos y reformados por igual siguieron a Agustín. El cristianismo en general convierte la Caída en una catástrofe, y en la causa del pecado y del carácter depravado del hombre.

Pero en el siglo XVIII, con un ambiente de más libertad, el agustinismo fue perdiendo su influencia, y la idea del pecado original con sus efectos negativos en el hombre se fue eliminando. Se afirmaba que el hombre siempre tenía la posibilidad de escoger, y que una naturaleza pecadora no era el fruto de la Caída ni de predestinación alguna, sino el resultado de las malas elecciones.

En las primeras décadas del siglo XIX, los pastores protestantes liberales de la Escuela de Teología de la Universidad de Harvard formaron un movimiento llamado Unitarismo, y empezaron a rechazar la doctrina del pecado original. Poco a poco, se fue produciendo una reacción contra las ideas del agustinismo y del calvinismo sobre la naturaleza depravada del hombre, y una defensa de las ideas de Rousseau de que el hombre no está más inclinado al vicio que a la virtud, sino que está perfectamente capacitado para escoger cualquiera de las dos opciones. Y tanto los metodistas como los bautistas empezaron a hablar de la herencia de una naturaleza caída, pero no de la culpa por un pecado no cometido. Alexander Campbell (1788–1866) y Barton W. Stone (1772–1844), representantes del movimiento restauracionista, rechazaron el pecado original, y enseñaron que los seres humanos nacen inocentes, sin culpa alguna y sin una naturaleza depravada. Los hombres sólo son culpables de sus propios pecados, y los niños, por tanto, no tienen más pecados que los que puedan cometer cuando tengan edad para ello.

Todo esto preparó el camino de una interpretación más positiva de la Caída. La Restauración que se llevó a cabo por medio de José Smith cambió radicalmente esta concepción de la Caída y de sus consecuencias. En resumen, las enseñanzas del Evangelio Restaurado son las siguientes: La Caída no fue un pecado, sino una transgresión; el hombre nace inocente, y la entrada en este mundo no es una pérdida, sino una ganancia; la Caída es una parte indispensable del plan de Dios, como un avance y elevación; tomar del fruto era necesario; Adán y Eva no lamentan la caída, sino que se regocijan con ella. Se rechaza, pues, la culpa heredada, y también la naturaleza depravada del hombre. En contra de Agustín y de Calvino, la Restauración enseña que hubo una vida preterrenal o primer estado, que fue una etapa de éxito, y que la vida en este mundo es un segundo estado, una etapa más del desarrollo humano, con un comienzo limpio, dejando claro que la maldad se adquiere, y el pecado se comete, porque ni una ni otro se heredan. [Cfr. Givens, Terryl L. (2015). Wrestling the Angel. En The Fall (pp. 176-198). New York, OXFORD University Press].