2003
La verdadera belleza
marzo de 2003


La verdadera belleza

Gracias a un simple encuentro, me di cuenta de lo que significa irradiar mi propia belleza.

Uno de mis posters favoritos impresos en las revistas de la Iglesia muestra un hermoso jarrón de rosas con una única margarita en el centro, y la leyenda dice: “Irradiemos nuestra propia belleza” (véase Liahona, abril de 1987, pág. 34). A menudo me siento como esa margarita, ya que soy una persona de aspecto relativamente normal, perdida entre una gran cantidad de personas sumamente bellas. Poco a poco voy aprendiendo que hay clases diferentes de belleza y que la más importante no es la hermosura exterior, sino la interior.

Un día, mientras almorzaba en la escuela y estudiaba para la clase siguiente, me fijé en un grupo que estaba sentado cerca de mí que conversaba y reía. Una joven me llamó particularmente la atención, pues era alta, con un hermoso cabello negro, de tez oscura y pómulos salientes. Su apariencia era tan distinta de la mía, con mi cara pálida y pecosa, y mi cabello rojo; era una diferencia que jamás hubiera podido imaginar. Era una de las personas más hermosas que había visto jamás.

Tras unos minutos, el grupo se levantó para irse, pero la joven a la que había estado observando se detuvo. Me sentí algo nerviosa porque creía que se había dado cuenta de que los había estado mirando; pero entonces ocurrió algo extraordinario.

“Perdona que te interrumpa”, dijo, “pero quiero decirte que eres muy hermosa”.

Después de una pausa motivada por el asombro, me eché a reír. “¡Estaba pensado lo mismo de ti !”.

Depués de que se marchó, seguí pensando en lo que había sucedido. Ambas hallamos hermosas nuestras diferencias, y en ese entonces me di cuenta de que no hay una norma singular de belleza.

Desde entonces he meditado en cómo nos ve nuestro Padre Celestial. Creo que debemos parecerle hermosos por el hecho de ser hijos Suyos, y que ese patrimonio divino es mucho más hermoso que cualquier belleza física.

A nuestro Padre Celestial no le interesa la hermosura del cabello ni de la piel, pero sí la del corazón. Si nos esforzamos por experimentar un “gran cambio en [nuestros] corazones”, seremos bendecidos para recibir “su imagen en [nuestros] corazones” (Alma 5:14). Ese resplandor interior nos hace verdaderamente hermosos.

Rosalyn Collings es miembro del Barrio State College, Estaca Altoona, Pensilvania.