2004
¡Cuánto nos necesitamos unas a otras!
marzo de 2004


¡Cuánto nos necesitamos unas a otras!

Nuestro Padre Celestial ha provisto a sus hijas de un refugio de las asperezas del mundo.

El 17 de marzo de 1842, el profeta José Smith organizó la Sociedad de Socorro, la organización del Señor para la mujer. La Sociedad de Socorro es importante para el Señor; yo lo sé. Cuando nos dio la Sociedad de Socorro, proporcionó a la mujer un refugio seguro contra las asperezas del mundo. Desde un principio, tanto las relaciones entre las hermanas como la dirección de los líderes del sacerdocio nos han ayudado a venir a Cristo. No había una causa más noble en aquel entonces y no la hay ahora.

La Sociedad de Socorro no fue fruto del hombre ni de la mujer. Como explicó el presidente Joseph F. Smith (1838–1918), fue “divinamente hecha, divinamente autorizada, divinamente instituida, divinamente ordenada por Dios a fin de ministrar para la salvación de las almas de hombres y mujeres”1. No existe ninguna otra organización de mujeres que ocupe semejante lugar en el reino del Señor, por lo que surge la pregunta: ¿Apreciamos esta organización divina? ¿Valoramos nuestra condición de miembro de la Sociedad de Socorro? ¿Cómo hermanas, en forma individual, valoramos la Sociedad de Socorro?

Nos necesitamos unas a otras

Cuando se le preguntó que describiera en una frase qué sentía por la Sociedad de Socorro, una hermana de unos 80 años escribió: “La Sociedad de Socorro ha sido y es una universidad divina para la mujer. Aunque soy titulada universitaria, concedo todo el mérito a la Sociedad de Socorro por iluminar todo mi ser con una educación valiosa y significativa. Ciertamente, ha bendecido mi vida con una perspectiva eterna”2.

Sea cual sea nuestra edad, ¿nos vemos como parte de la hermandad de la Sociedad de Socorro? La hermana Marjorie Hinckley dijo: “¡Cuánto nos necesitamos unas a otras! Nosotras, las hermanas mayores, necesitamos de las jóvenes. Y espero que ustedes, las jóvenes, necesiten de algunas de nosotras que ya somos mayores. Es una realidad sociológica que las mujeres necesitan de las mujeres. Precisamos desarrollar amistades profundas, satisfactorias y leales las unas con las otras”3. Nos necesitamos, y la Sociedad de Socorro debe ser un lugar seguro donde las mujeres se preocupen unas de otras, donde se atiendan con amor unas a otras y donde lleguen a comprender lo que hay en el corazón de sus hermanas al escucharlas testificar de Cristo.

El presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, nos ha advertido que no nos alejemos del propósito de la Sociedad de Socorro: “Muchas hermanas conciben la Sociedad de Socorro apenas como una clase a la que asistir. El… sentido de pertenecer a la Sociedad de Socorro, en vez de simplemente asistir a una clase, debe forjarse en el corazón de toda mujer”. A continuación extendió una seria asignación: “Hermanas, deben abandonar la idea de que sólo asisten a la Sociedad de Socorro y captar el sentimiento de que pertenecen a ella”4.

Pertenecer equivale a algo más que tener nuestro nombre en una lista. Tanto individual como colectivamente, como hermanas de la Sociedad de Socorro se nos llama a tener una influencia positiva en los demás de seis formas:

  • Desarrollar fe en el Señor Jesucristo y enseñar las doctrinas del reino.

  • Hacer hincapié en el valor divino de cada hermana.

  • Ejercer la caridad y atender con amor a los necesitados.

  • Fortalecer y proteger a la familia.

  • Servir y apoyar a cada hermana.

  • Ayudar a las hermanas a participar plenamente de las bendiciones del sacerdocio5.

Éstos son los objetivos de la Sociedad de Socorro, los cuales nos muestran lo grandioso de nuestro propósito y lo amplio de nuestra misión6, a la par que nos definen y nos hacen diferentes de todas las demás organizaciones.

Las contribuciones de las hermanas jóvenes adultas

Permítanme compartir la experiencia de una hermana de la Sociedad de Socorro que tuvo una influencia positiva y demostró la manera de cumplir con los objetivos de nuestra organización.

Esta hermana, una joven adulta y maestra de inglés en Japón, se encontró un día en el patio de la escuela rodeada de un grupo de niños japoneses que tenían muchas preguntas. “¿Prefiere a los niños americanos o a los japoneses? ¿Come sushi? ¿Cómo se dice básquetbol [baloncesto] en inglés?”. En medio de esa conmoción, la joven hermana de la Sociedad de Socorro sintió unas palmaditas en el brazo y, al volverse, vio a un niña pequeña con coletas (trenzas) y anteojos. “Me incliné para mirarla a la cara y aguardé a lo que seguramente iba a ser otra pregunta sin importancia”, dice. “Cuando con una voz suave y casi tímida me dirigió su pregunta, fue como si todo el ruido se detuviera: ‘¿Conoce a Jesús?’. Me quedé atónita ante esa conmovedora e importante pregunta. Le sonreí y sentí un gran amor mientras le decía: ‘Sí, sí, conozco a Jesús’ ”7.

Queridas hermanas jóvenes adultas, ustedes conocen a Jesús; y con ese conocimiento ustedes aportan la claridad, el frescor y la energía que precisa nuestra hermandad. Apreciamos el que sean miembros de la Sociedad de Socorro; ustedes nos bendicen con su fe en el Salvador y en Su obra. Una hermana anciana las describió con estas palabras: “Somos nutridas espiritualmente al observarlas a ustedes, mujeres jóvenes y vibrantes, que no sólo cuentan con tanto vigor y vitalidad, sino que también son maduras espiritualmente, cuentan con una tremenda fortaleza interior de carácter y de testimonio y son hermosas a la vista. Contamos nuestras bendiciones porque ustedes nos reafirman y nos ayudan a tener fe y ‘un fulgor perfecto de esperanza’ en el futuro”8 (véase 2 Nefi 31:20).

¿Qué podemos dar?

En el centenario de la Sociedad de Socorro, celebrado en 1942, la Primera Presidencia emitió un comunicado en el que declaraba: “Pedimos a nuestras hermanas de la Sociedad de Socorro que jamás olviden que constituyen una organización única en el mundo, pues fueron organizadas bajo la inspiración del Señor”. Y a continuación se nos recordó: “Ninguna otra organización de mujeres en toda la tierra ha contado con tal excelso origen”9.

Me pregunto si tal vez hemos olvidado el carácter único y divino de nuestra organización, si acaso no nos hemos relajado excesivamente en nuestra calidad de miembros. Hermanas, no podemos permitir que eso suceda. Debemos valorar a la Sociedad de Socorro y a nuestras hermanas. El Señor aconsejó a Emma Smith, la primera presidenta de la Sociedad de Socorro: “…desecharás las cosas de este mundo y buscarás las de uno mejor” (D. y C. 25:10); sabias palabras en 1830, y también para nosotras en la actualidad.

El presidente Gordon B. Hinckley nos dijo a nosotras, la presidencia general de la Sociedad de Socorro, que “nuestras mujeres necesitan hermanarse unas con otras en un entorno que fortalezca su fe. Ésa es la labor de la Sociedad de Socorro”.

Durante muchos años, la Sociedad de Socorro formó parte del “National Council of Women” (Consejo Nacional de Mujeres) en los Estados Unidos. Poco después de haber sido llamada como presidenta general de la Sociedad de Socorro, la hermana Belle Spafford dijo al presidente George Albert Smith (1870–1951) que el asistir a las reuniones que se celebraban en Nueva York resultaba costoso y muy poco beneficioso. “El presidente Smith amonestó amorosamente [a la hermana Spafford] diciéndole: ‘¿Siempre piensa usted en lo que va a recibir? ¿No cree que también es importante pensar en lo que puede aportar?’ ”10.

Hermanas, ¿qué aportan ustedes a la Sociedad de Socorro? ¿Qué están dispuestas a contribuir? ¿Ven a la Sociedad de Socorro como un lugar a donde asistir los domingos porque no tienen más a dónde ir? ¿Lo ven como un lugar en el que tanto se puede dar como recibir? ¿Apreciaríamos más nuestra condición de miembros de esta amada sociedad si nos dedicáramos a aportar algo?

Teniendo la mentalidad de aportar, nos prepararíamos para las lecciones dominicales a fin de contribuir al análisis de las mismas. Asistiríamos fielmente a las reuniones de Superación personal, de la familia y del hogar porque tenemos algo que aportar, aunque sólo sea una palabra de ánimo para la hermana que esté sentada a nuestro lado. Al compartir el mensaje de las maestras visitantes, emplearíamos esas visitas unas con otras para dar testimonio de la verdad del Señor. El valor que le demos a nuestra condición de miembros de la Sociedad de Socorro debe evidenciarse en todo lo que hagamos y digamos.

Una hermana relató una experiencia que tuvo con su madre en una clase de costura a la que asistían juntas: “Mientras trabajábamos, mi madre se quedó sentada, sin hacer nada. Una mujer dijo: ‘Margaret, no estás haciendo nada’. Mi madre hizo una pausa y después les contó que habíamos pasado los últimos días con el médico, pues tenía un tumor en la espalda. Todas las mujeres del grupo dejaron sus tareas y la miraron. Una de ellas dijo: ‘Margaret, ¿podemos ayunar y orar por ti? Lo haremos todas juntas’, sin percatarse de que la mitad de ellas no eran miembros de la Iglesia. La maestra me miró y preguntó: ‘¿Qué se hace para ayunar y orar?’. Le expliqué que hacemos a un lado todo lo relacionado con esta experiencia terrenal y nos volvemos al Señor en busca de Su guía divina. La maestra pensó un instante y luego dijo: ‘Yo puedo hacer eso’ ”11.

Un grupo de hijas de Dios se reunió, ejercieron la caridad y se fortalecieron unas a otras. Una hermana de la Sociedad de Socorro, que sabía quién era, demostró su fe en el Salvador al invitar a todas a ayunar y orar. Esas mujeres produjeron un gran cambio.

Conságrense a la Sociedad de Socorro

¡Me encanta la Sociedad de Socorro! Me ha ayudado a definirme como mujer. Soy quien soy gracias a las buenas mujeres con las que me he relacionado en la Sociedad de Socorro, mujeres que me han animado y amado y que han creído en mí. Entre ellas cuento a mi madre, a mi abuela y a una querida hermana llamada Pauline Tholmander. Cuando Pauline contaba 60 años, y yo unos 30, me fortaleció por medio de su amor por el Salvador. Era evidente en todos los aspectos que ella amaba a Jesucristo. Cuando compartía mi testimonio, Pauline estaba allí para decirme que había sentido el Espíritu. Cuando yo servía en un llamamiento, ella estaba allí para compartir mis éxitos y mis fracasos, algo que necesité a los 30 y a los 40 años. Hacen falta más personas como Pauline en esta vida. Si las hubiera, todas nos sentiríamos aceptadas, amistadas, incluidas y amadas. Yo quería ser como ella, y aún lo deseo.

Les invito a consagrarse a la Sociedad de Socorro. Hagan un esfuerzo por hacerlo. Organicen esta gran obra que Dios nos ha dado; participen en ella y apóyenla. Confíense unas a otras. Edifíquense mutuamente por medio de sus pensamientos, sus enseñanzas y sus conversaciones. Muestren caridad y amor, no porque el hacerlo sea una asignación sino porque proviene del corazón.

La Sociedad de Socorro debiera ser un refugio en el que podamos sentir el amor del Señor en nuestra vida al aprender a fortalecer a la familia, ejercer caridad y valorar nuestros convenios. Al valorar convenios sagrados, valoramos nuestra condición de miembro de una organización, de una Iglesia, que nos llevará a Cristo. Queridas hermanas, ¡cuánto nos necesitamos unas a otras!

Notas

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1998, pág. 198.

  2. Correspondencia personal.

  3. En Virginia H. Pearce, editora, Glimpses into the Life and Heart of Marjorie Pay Hinckley, 1999, págs. 254–255.

  4. “La Sociedad de Socorro”, Liahona, julio de 1998, pág. 79.

  5. Véase Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 2: Líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, 1998, pág. 233.

  6. Véase “Sirvamos unidas”, Himnos, Nº 205.

  7. Correspondencia personal.

  8. Correspondencia personal.

  9. Citado por Boyd K. Packer en “Una hermandad sin fronteras”, Liahona, marzo de 1981, pág. 66.

  10. Citado por Jill Mulvay Derr, Janath Russell Cannon y Maureen Ursenbach Beecher, en Women of Covenant: The Story of Relief Society, 1992, pág. 336.

  11. Correspondencia personal.