2006
El lugar apropiado para mí
Octubre de 2006


El lugar apropiado para mí

He escuchado muchas veces el relato de la llegada de los pioneros al Valle del Lago Salado bajo la dirección de Brigham Young. Aunque vivo en México, mi historia es muy similar. Había estado orando para encontrar la iglesia verdadera y averiguar el propósito de mi vida. Un amigo mío, Sandro, me presentó a los misioneros y pronto comencé a escuchar su mensaje. Un día, mientras estaban enseñándome acerca de la restauración de la Iglesia de Jesucristo en los últimos días, de repente me llené de gran gozo. Supe que había llegado a buen puerto, o, como dijo el presidente Young: “Éste es el lugar correcto. Sigan adelante”.

No obstante, al igual que les sucedió a los pioneros, tuve que adaptarme al lugar al que había llegado. Se trataba de un mundo desconocido para mí, maravilloso, pero desconocido. La forma de vestirse de los miembros, su manera de hablar y su modo de actuar eran algo nuevo para mí. No siempre comprendía el significado de las expresiones habituales que se usan en la Iglesia. Por ejemplo, cuando hablaba con personas que pertenecían a la Iglesia desde hacía más tiempo que yo, a veces hablaban de alguien al que describían como un “miembro muy fuerte”, lo cual significaba que era alguien muy recto y un gran ejemplo para los demás. Mi idea de la fuerza era diferente. Para ellos, ese tipo de cosas eran habituales, pero yo tuve que aprenderlas.

Ese período de transición en el que pasé de investigador a miembro activo no me resultó fácil. Afortunadamente, a semejanza de los pioneros, nunca estuve solo. Sandro y otros miembros comprensivos siempre estaban disponibles para responder a mis preguntas, por muy simples que fueran, así como para guiarme en el camino que había emprendido. Mis líderes velaron lo suficiente por mí para que permaneciera digno y recibiera el sacerdocio, y más tarde llegué a servir como consejero del obispo. Mis maestros siempre se esforzaron por nutrirme por la buena palabra de Dios. Ahora me doy cuenta de que, gracias a esas buenas personas, el Señor me ayudó a permanecer firme en la Iglesia.

Ya no soy el único miembro de la Iglesia de mi familia, y los años que he pasado siendo miembro de la Iglesia —dos de ellos como misionero— han sido maravillosos.

Gracias al Señor y a Su profeta, el presidente Young, los pioneros lograron establecerse en el Valle del Lago Salado y se convirtieron en un pueblo poderoso en las montañas. Eso fue posible gracias a hombres y mujeres de gran talla. De manera similar, yo he recibido lo que necesitaba para permanecer firme en la Iglesia, para progresar y para tener la oportunidad de regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.