2015
Fructificad, multiplicaos y henchid la Tierra
Mayo de 2015


Fructificad, multiplicaos y henchid la Tierra

El Padre Celestial nos ha mandado que seamos fructíferos, que nos multipliquemos y que sojuzguemos la Tierra para que podamos llegar a ser como Él es.

Gracias Coro del Tabernáculo, por ese dulce tributo al Salvador del mundo.

El día en que Dios el Padre pidió a Su Hijo Unigénito que creara al hombre a la propia imagen y semejanza de Ellos, bendijo a Sus hijos diciendo: “Fructificad y multiplicaos, henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio… sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”1. Por tanto, nuestra trayectoria mortal inició tanto con un encargo divino como con una bendición. Un Padre amoroso nos dio el mandato y la bendición de fructificar, de multiplicarnos y de tener dominio, a fin de que pudiéramos progresar y llegar a ser aun como Él es.

Hermanos y hermanas, esta tarde pido su fe y sus oraciones mientras comparto algunas ideas acerca de tres atributos fundamentales de nuestra naturaleza divina. Mi oración es que podamos más plenamente reconocer y llevar a cabo nuestra sagrada responsabilidad —el encargo de nuestro Padre— de desarrollar nuestra naturaleza divina para que podamos navegar por nuestro trayecto con más éxito y lograr nuestro destino divino.

Primero: Dios nos mandó fructificar

Una parte importante de fructificar, y que en ocasiones pasamos por alto, es la de establecer el reino de Dios sobre la Tierra. El Salvador enseñó:

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer…

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis, y os será hecho.

“En esto es glorificado mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis así mis discípulos”2.

Somos fructíferos al permanecer en Cristo y al tomar “sobre [nosotros Su] nombre… [y] servirle hasta el fin”3, a medida que ayudamos a otros a venir a Él.

En nuestros días, los profetas vivientes y los apóstoles continúan alzando su voz para invitar a cada uno de nosotros a consagrarnos por completo a la obra de salvación, de acuerdo con nuestras habilidades y oportunidades.

El punto de inicio de una respuesta que dé mucho fruto es ser “mansos y humildes de corazón”4. Entonces, vendremos a Cristo más plenamente a medida que nos sometamos al influjo del Espíritu Santo y guardemos todos los convenios que hemos hecho5. Podemos buscar y recibir el don de la caridad y tener el poder para invitar a nuestra familia, a nuestros antepasados y a nuestros vecinos y amigos, miembros y no miembros, a que reciban el evangelio de Jesucristo.

Trabajar con un espíritu de caridad no es un deber sino un gozo; los desafíos se convierten en oportunidades para fortalecer la fe y nos convertimos en “testigos de [la bondad de] Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estemos], aun hasta la muerte”6.

Todos podemos y debemos llegar a estar totalmente consagrados a la obra de salvación. El Salvador nos ha dado la siguiente responsabilidad, con una promesa: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé”7.

Segundo: Dios nos mandó que nos multipliquemos

Nuestros cuerpos físicos son una bendición de Dios. Los recibimos con el propósito de cumplir con la obra del Padre Celestial de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”8. El cuerpo es el medio por el cual podemos alcanzar nuestro potencial divino.

El cuerpo permite que los obedientes hijos en espíritu del Padre Celestial tengan la experiencia de vivir sobre la Tierra9. El tener hijos da a otros hijos procreados en espíritu por Dios la oportunidad de vivir en la Tierra. Todos los que nacen a la mortalidad tienen la oportunidad de progresar y ser exaltados, si obedecen los mandamientos de Dios.

El matrimonio entre un hombre y una mujer es la institución que Dios ordenó para llevar a cabo la tarea de multiplicarse. Una relación entre personas del mismo sexo no se multiplica.

Un matrimonio legal y legítimo sellado en el templo, y en el cual se honran los convenios del sellamiento, da a los padres y a sus hijos la oportunidad de tener la mejor experiencia de amor y preparación para una vida fructífera; les ofrece el ambiente ideal en el cual pueden honrar los convenios que hicieron con Dios.

Debido a Su amor por nosotros, el Padre Celestial ha establecido la forma en que todos Sus fieles hijos que no puedan gozar de las bendiciones de un matrimonio bajo convenio y de hijos, o la plenitud de esas bendiciones, por razones que no estén bajo su control, gocen de ellas, en el tiempo establecido por el Señor10.

Los profetas vivientes y los apóstoles han aconsejado, a todos los que tienen la oportunidad de entrar en el sempiterno convenio del matrimonio, a que procedan con sabiduría y con fe. No debemos posponer ese día sagrado debido a intereses mundanos ni tener expectativas tan altas para un compañero apropiado que descalifiquen a todo posible candidato o candidata.

La promesa para todos los que han sido sellados en el convenio del matrimonio eterno y que fructifican al guardar sus convenios, es que el adversario nunca tendrá poder para debilitar los cimientos de su unión eterna.

Tercero: Dios nos mandó sojuzgar la Tierra

Sojuzgar la Tierra y tener dominio sobre toda cosa viviente es controlar esas cosas para que cumplan con la voluntad de Dios11 y sirvan los propósitos de Sus hijos. El sojuzgar incluye lograr el dominio sobre nuestro cuerpo12; no implica ser víctimas indefensas de esas cosas ni usarlas de manera contraria a la voluntad de Dios13.

El adquirir la habilidad de sojuzgar las cosas de la Tierra comienza con la humildad para reconocer nuestra debilidad humana y el poder que tenemos a nuestra disposición por medio de Cristo y de Su expiación; pues “Cristo ha dicho: Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea conveniente”14. Este poder está disponible para nosotros cuando elegimos actuar en obediencia a Sus mandamientos. Aumentamos esa habilidad al buscar los dones del Espíritu y al desarrollar nuestros talentos.

Yo nací y crecí en circunstancias humildes típicas para muchas familias de África. Tuve la capacidad para salir de esas circunstancias al buscar y obtener, con la amorosa ayuda de mis padres, una buena educación académica. Obtener una visión de lo que podía llegar a ser era esencial para mi progreso. Después, cuando éramos una pareja joven, mi esposa, Gladys, y yo encontramos el Evangelio restaurado, que sigue bendiciendo nuestra vida al darnos dirección espiritual. Como toda familia, tenemos nuestras pruebas y desafíos, pero al buscar la ayuda del Señor, hemos encontrado respuestas que traen paz y consuelo, y no nos sentimos abrumados por esas cosas.

Los desafíos que enfrenta la sociedad humana en estos días, entre ellos la inmoralidad, la pornografía, los conflictos armados, la contaminación, el abuso de sustancias y la pobreza, se extienden debido a que muchos en el mundo han decidido, por elección propia, seguir “la voluntad del diablo y la carne”15 en lugar de la voluntad de Dios. “No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo”16.

Sin embargo, Dios invita a todos Sus hijos a que obtengamos Su ayuda para vencer y sobrellevar los desafíos de la vida con estas palabras:

“Yo soy Dios; yo hice el mundo y a los hombres antes que existiesen en la carne…

“Si te vuelves a mí y escuchas mi voz, y crees y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito… recibirás el don del Espíritu Santo, pidiendo todas las cosas en su nombre, y te será dado cuanto tú pidieres”17.

Los fieles Santos de los Últimos Días que comprenden su potencial divino y confían de todo corazón en el poder disponible por medio de la Expiación del Señor Jesucristo son fortalecidos en su debilidad natural y “[pueden] hacer todas las cosas”18; son bendecidos con la habilidad de vencer las tentaciones del mal que han sujetado a muchos al poder del adversario. Pablo enseñó:

“…pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”19.

“Pues por cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”20.

El Padre Celestial nos ha mandado que fructifiquemos, que nos multipliquemos y que sojuzguemos la Tierra para que podamos llegar a ser como Él es; y nos ha bendecido para que lo logremos. Ha proporcionado la ayuda para que cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestra propia elección, progrese y llegue a ser como Él es. Ruego que todos vivamos la vida de tal forma que seamos guiados por la visión de nuestra naturaleza divina, reclamemos todos nuestros privilegios divinos y cumplamos con nuestro destino divino.

Testifico de la realidad viviente de Dios el Padre y de Su Amado Hijo, nuestro Salvador Jesucristo; de Su glorioso plan de felicidad y de las llaves que Él ha conferido sobre un profeta viviente en la Tierra, Thomas S. Monson, a quien amamos y apoyamos. Ruego que tengamos el poder para disfrutar la plenitud de Sus bendiciones; en el nombre de Jesucristo. Amén.