2015
La perspectiva eterna del Evangelio
Mayo de 2015


La perspectiva eterna del Evangelio

Para las decisiones que afecten la eternidad, es preciso que tengamos la perspectiva del Evangelio.

En una revelación dada a Moisés se nos da a conocer el manifiesto propósito de nuestro Padre Celestial: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”1. De acuerdo con esa declaración, el deseo del Padre es darnos a todos la oportunidad de recibir una plenitud de gozo. Las revelaciones de los últimos días muestran que nuestro Padre Celestial creó un gran plan de felicidad para todos Sus hijos, un plan muy especial para que podamos regresar a vivir con Él.

La comprensión de este plan de felicidad nos proporciona una perspectiva eterna y nos ayuda a dar el verdadero valor a los mandamientos, a las ordenanzas, a los convenios, a las pruebas y tribulaciones.

Un principio clave proviene de Alma: “por tanto, después de haberles dado a conocer el plan de redención, Dios les dio mandamientos”2.

Es interesante notar la secuencia en el proceso de enseñanza, nuestro Padre Celestial enseñó primeramente a Adán y a Eva el plan de redención y después les dio mandamientos.

Esta es una gran verdad, la comprensión del plan ayudará a las personas a guardar los mandamientos, a tomar mejores decisiones y a tener la motivación correcta.

Durante mi tiempo de servicio en la Iglesia he sido testigo de la devoción y fidelidad de miembros de la Iglesia en diferentes países, algunos de éstos con conflictos políticos, sociales o económicos. Un factor en común que con frecuencia he encontrado en los miembros fieles de la Iglesia es la perspectiva que tienen de la eternidad. La perspectiva eterna del Evangelio nos lleva a comprender el lugar que ocupamos en el plan de Dios, a aceptar las dificultades y a progresar por ellas, a tomar decisiones y a centrar nuestra vida en el potencial divino que tenemos.

La perspectiva es la forma en que vemos las cosas cuando las observamos desde cierta distancia y nos sirve para apreciarlas en su verdadero valor.

Es como cuando estamos en un bosque, con un árbol de frente; a menos que nos retiremos un poco no podremos apreciar lo que realmente es un bosque. Una vez visité la selva amazónica en Leticia, Colombia, cerca de las fronteras con Brasil y Perú; pero no pude apreciar su magnitud sino hasta que volé sobre ella y obtuve una perspectiva.

Cuando nuestros hijos eran pequeños solían ver un canal de televisión para niños que transmitía un programa que se llamaba: ¿Qué ves?, donde enfocaban cosas desde muy cerca y los niños tenían que adivinar lo que era mientras la imagen se iba ampliando. Después que la imagen se podía apreciar en su totalidad, era muy fácil saber que era un gato, una planta, una fruta, etc.

Recuerdo que en una ocasión estaban viendo este programa y enfocaron algo muy de cerca que les pareció muy feo y hasta repulsivo, pero a medida que la imagen se iba ampliando se dieron cuenta de que se trataba de una pizza muy apetecible, entonces me dijeron: ¡Papi, cómprame una igual! Después de comprender de qué se trataba, lo que al principio les pareció desagradable, terminó siendo algo muy atractivo.

Permítanme compartir otra experiencia. En nuestro hogar a nuestros niños les gustaba armar rompecabezas; probablemente todos hemos tenido la oportunidad de armar uno. Algunos están compuestos por muchas piececitas. Recuerdo que uno de nuestros niños (no diré su nombre para proteger su identidad) solía fijarse en las piezas individuales, y cuando estas no encajaban en el lugar que él pensaba que debía encajar se enojaba y asumía que ésta no servía y la quería botar. Finalmente aprendió a armarlo cuando comprendió que cada piececita tenía su lugar dentro del cuadro final, aun cuando en determinado momento no sabía dónde encajaba.

Es una manera de contemplar el plan del Señor. No tenemos que ocuparnos de cada una de sus partes separadamente, sino tratar de ajustarnos al panorama total, teniendo presente cual será el resultado final. El Señor sabe el lugar que le corresponde a cada pieza para que se ajuste al plan. Todos los mandamientos tienen importancia eterna en el contexto del gran plan de felicidad.

Es sumamente importante que no tomemos decisiones que tienen valor eterno desde una perspectiva de la vida mortal. Para las decisiones que afecten la eternidad, es preciso que tengamos la perspectiva del Evangelio.

El élder Neal A. Maxwell enseñó: “Aun cuando estemos anclados en la esperanza grandiosa de lo eterno, quizás no se cumplan algunas de nuestras esperanzas menores. Tal vez esperemos conseguir un aumento de sueldo, conocer a una persona especial, lograr una victoria electoral o vivir en una casa más grande, cosas que pueden o no suceder; pero la fe en el plan del Padre nos ayuda a sobrellevar la aniquilación de esas esperanzas inmediatas. Además, la esperanza nos mantiene ‘anhelosamente consagrados’ a causas buenas aunque, por el momento, no vislumbremos el éxito” (véase D. y C. 58:27)3.

El no poseer una perspectiva eterna o perderla, nos puede llevar a tener la perspectiva terrenal como nuestra propia norma y tomar decisiones que no estén en armonía con la voluntad de Dios.

En el Libro de Mormón se menciona la actitud que tomó Nefi y la actitud de Laman y Lemuel. Todos ellos habían sufrido numerosas aflicciones y mucha dificultad, sin embargo la actitud frente a ellas fue muy diferente. Nefi dijo: “Y tan grandes fueron las bendiciones del Señor sobre nosotros, que aunque vivimos de carne cruda en el desierto, nuestras mujeres tuvieron abundante leche para sus niños, y eran fuertes, si, aun como los hombres; y empezaron a soportar sus viajes sin murmurar”4.

En cambio, Laman y Lemuel se quejaron amargamente: “Y así era como Lamán y Lemuel, que eran los mayores, murmuraban en contra de su padre; y hacían esto porque no conocían la manera de proceder de aquel Dios que los había creado”5. El no conocer o ignorar “la manera de proceder de… Dios” es una manera de perder la perspectiva eterna, y el murmurar es tan solo uno de los síntomas. Aun cuando Laman y Lemuel fueron testigos de muchos milagros junto con Nefi, estos exclamaron diciendo: “Y hemos andado errantes por el desierto estos mucho años; y nuestras mujeres han trabajado, aun estando embarazadas; y han dado a luz hijos en el desierto, y han padecido todo menos la muerte; y habría sido mejor que ellas hubieran muerto antes de salir de Jerusalén, que haber pasado por estas aflicciones”6.

Dos actitudes muy diferentes aun cuando las dificultades y aflicciones que habían enfrentado habían sido similares; obviamente la perspectiva que tenían era distinta.

El presidente Spencer W. Kimball escribió lo siguiente: “Si consideramos la mortalidad como el todo de la existencia, entonces las penas, aflicciones, fracasos y la muerte prematura serían una calamidad. Mas, si al contrario, vemos la vida como algo eterno que se extiende más allá del pasado premortal y se prolonga hasta el futuro eterno postmortal, entonces debemos colocar cada suceso que acontece en su propia perspectiva”7.

El élder David B. Haight contó un relato sobre el escultor Miguel Ángel para ilustrar la importancia de verlo todo desde la debida perspectiva: “Todos los días, mientras el escultor tallaba un bloque de mármol, un niño se acercaba y lo observaba tímidamente. Cuando la figura de David emergió de la piedra, acabada ya para ser objeto de admiración de todo el mundo, el muchachito le preguntó a Miguel Ángel: ¿Cómo sabias tú que él estaba allí dentro?”8.

La perspectiva en la cual el escultor veía aquel bloque de mármol era diferente de la que tenía el niño que lo observaba trabajar. La visión que tuvo el artista de las posibilidades que encerraba la piedra le permitió crear una obra de arte.

El Señor sabe lo que desea llevar a cabo con nosotros, sabe la clase de reforma que quiere lograr en nuestra vida y no tenemos el derecho de aconsejarlo. Sus pensamientos son más elevados que nuestros pensamientos9.

Testifico que tenemos un Padre celestial amoroso, justo, misericordioso, que ha preparado un plan para nuestra felicidad. Testifico que Jesucristo es Su Hijo y Salvador del mundo. Yo sé que el presidente Thomas S. Monson es un profeta de Dios. Digo estas cosas en el nombre de Jesucristo. Amén.