Jesucristo
Capitulo 30: Jesus Vuelve al Templo Diariamente


Capitulo 30

Jesus Vuelve al Templo Diariamente

Un acontecimiento instructivo por el caminoa

Ala mañana siguiente, que según nuestros cálculos, era lunes, el segundo día de la semana de la pasión, Jesús y los Doce volvieron a Jerusalén y pasaron la mayor parte del día en el templo. Habían salido de Betania desde muy temprano y por el camino Jesús tuvo hambre. Mirando hacia delante vio una higuera que se distinguía del resto de muchas otras de la región por el hecho de que se hallaba cubierta de hojas, aunque la temporada de la fruta todavía no llegaba.b Es bien sabido que el capullo de la fruta de la higuera brota más temprano que las hojas, y que para cuando el árbol alcanza su mayor frondosidad los higos ya han empezado a madurar. Por otra parte, hay cierta variedad de higo que se puede comer aún cuando todavía está verde; por cierto, hasta el día de hoy es muy estimada la fruta sin madurar en el Oriente. Por tanto, sería razonable que uno esperase hallar higos comestibles, aun a principios de abril, en un árbol que ya se había cubierto de hojas. Cuando Jesús y el grupo llegaron a este árbol particular, sobre el cual con justificada razón esperaban hallar abundancia de fruta, no encontraron en él sino hojas; era un árbol de hermoso aspecto, pero sin fruto y estéril. No tenía ni higos secos de la estación anterior, que con frecuencia se hallaban en los árboles fructíferos durante la primavera. Jesús pronunció sobre el árbol un decreto de esterilidad perpetua: “Nunca jamás coma nadie fruto de ti”, dijo, según la relación de S. Marcos, o, como leemos en S. Mateo: “Nunca jamás nazca de ti fruto.” El segundo de los escritores sigue diciendo que la higuera “luego se secó”; pero el primero da a entender que el efecto de la maldición no se manifestó sino hasta la siguiente mañana, cuando Jesús y los apóstoles, que una vez más viajaban de Betania a Jerusalén, “vieron que la higuera se había secado desde las raíces”. Pedro llamó la atención al árbol seco, y dirigiéndose a Jesús, exclamó: “Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.”

Aplicando la lección a la ocasión, Jesús dijo: “Tened fe en Dios”; y entonces repitió varias de sus promesas anteriores sobre el poder de la fe, mediante la cual es posible mover hasta montañas—en caso de que hubiera necesidad de tan milagrosa realización—y con la cual ciertamente se puede efectuar cualquier cosa necesaria. Se indicó que el marchitamiento de un árbol era cosa pequeña en comparación con las mayores posibilidades de lo que se puede lograr mediante le fe y la oración. Pero a fin de efectuar algo semejante, uno debe trabajar y orar sin reserva o duda, como el Señor claramente lo explicó: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.” La oración debe ser aceptable a Dios, si es que ha de ser eficaz; y sigue como consecuencia que si uno desea realizar cualquier obra por medio de la oración y la fe, debe ser digno de presentar su ruego ante el Señor; por tanto, Jesús nuevamente instruyó a los apóstoles, diciendo: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.”c

Muchos consideran que la maldición de la higuera estéril se distingue de los milagros de Cristo narrados en la Biblia por el hecho de que todos los demás se efectuaron para aliviar, bendecir y generalmente para fines benéficos, mientras que éste parece un acto de juicio y ejecución destructiva. Sin embargo, no se oculta el propósito del Señor en este milagro, y el resultado, aun cuando fatal para el árbol, constituye una bendición duradera para todos aquellos que desean aprender y beneficiarse mediante las obras de Dios. Si el milagro no logró otra cosa más que presentar esta impresionante lección objetiva que sirvió de fondo a las instrucciones que siguieron, el árbol marchito ha prestado mayor servicio a la humanidad que todas las huertas de higos de Betfagé.d

Para los apóstoles aquello fue una prueba adicional e indisputable del poder del Señor sobre la naturaleza; de su dominio en las fuerzas naturales y todas las cosas materiales; de su jurisdicción sobre la vida y la muerte. Había sanado a multitudes; el viento y las olas habían obedecido sus palabras; en tres ocasiones había restaurado la vida a los muertos; fue propio que demostrara su poder para herir y destruir. En las manifestaciones de su poder sobre la muerte, El misericordiosamente había levantado a una doncella de la cama sobre la cual había muerto, a un joven del ataúd en que lo llevaban a sepultar, a otro del sepulcro en donde se hallaba depositado su cuerpo muerto. Al mostrar su poder para destruir mediante su palabra, sin embargo, tomó por objeto a un árbol estéril y sin valor. ¿Dudaría alguno de los Doce—cuando a los pocos días lo vieran en manos de sacerdotes vengativos y paganos despiadados—que si El quisiera, podía herir a sus enemigos hasta la muerte con su palabra? Sin embargo, no fue sino hasta después de su gloriosa resurrección que los apóstoles mismos comprendieron cuán verdaderamente voluntario había sido su sacrificio.

Pero la suerte que sobrevino a la higuera estéril es instructiva desde otro punto de vista. El acontecimiento es una parábola al mismo tiempo que un milagro. El árbol frondoso se distinguía de las otras higueras; éstas no extendían ninguna invitación, no prometían nada, porque “no era tiempo de higos”; en su sazón producirían fruto y hojas; pero este precoz y frondoso fingidor agitaba sus umbrosas ramas como si estuviera jactándose de su superioridad. Para los que aceptaban su ostentosa invitación, para el Cristo que fue a buscar fruta para satisfacer el hambre, no tuvo más que hojas solamente. Aun para los fines de la lección que contiene, no podemos concebir que se haya maldecido el árbol principalmente porque no tenía higos, porque en esa época del año las otras higueras también carecían de fruta. Se convirtió en el objeto de la maldición y tema del discurso instructivo del Señor porque, teniendo hojas, se hallaba engañosamente estéril. Si fuera razonable atribuirle agencia o albedrío moral al árbol, tendríamos que tacharlo de hipócrita; su completa esterilidad, junto con su abundancia de hojas, lo tornan en un tipo de hipocresía humana.

El frondoso árbol sin fruto era símbolo del judaísmo que ruidosamente proclamaba ser la única religión verdadera de la época, y condescendientemente invitaba a todo mundo a que viniera a participar de su rica y madura fruta, cuando en realidad no era sino un crecimiento innatural de hojas, desprovisto del fruto de la temporada y careciendo de siquiera un bulbo comestible retenido de años anteriores; porque lo que de fruto anterior le quedaba estaba tan seco que para nada servía, y aun repugnaba por su podredumbre picada de gusanos. La religión de Israel se había degenerado en una mojigatería artificial, cuya ostentación y vana profesión sobrepujaba las abominaciones del paganismo. Como previamente se ha indicado en esta páginas, la higuera era el símbolo favorito con que los rabinos representaban a la raza judía, y el Señor anteriormente había adoptado este simbolismo en la parábola de la higuera estéril, planta sin valor que no hacía más que obstruir el terreno.e

La segunda purificación del templof

Dentro de los patios del templo Jesús se llenó de indignación al ver la escena de tumulto, alboroto y profanación que allí se desarrollaba. Tres años antes, en la época de la Pascua, se había provocado en El un alto grado de justa indignación al presenciar una exhibición similar de sórdido regateo dentro de los sagrados recintos, y había echado fuera las ovejas y bueyes, y expulsado por la fuerza a los comerciantes, los cambiadores de dinero y todos los que estaban usando la casa de su Padre como mercadería.g Ocurrió cerca del principio de su ministerio público, y este acto vehemente fue una de las primeras cosas que lo hicieron el blanco de la atención general; ahora, cuando faltaban cuatro días para llegar a la cruz, de nuevo despejó los patios echando fuera “a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas”; ni permitió que persona alguna pasara con sus cubetas y cestos por el patio, como muchos solían hacer, convirtiéndolo en vía común. “¿No está escrito——les dijo lleno de indignación—mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.” En la ocasión anterior, antes que hubiese declarado o aun confesado su Mesiazgo, había llamado el templo la “casa de mi Padre”; pero ahora que manifiestamente había declarado ser el Cristo, lo llamó “Mi casa”. Las expresiones, en cierto respecto, son sinónimas; El y su Padre eran y son uno en posesión y en dominio. Los medios por los cuales se efectuó esta segunda expulsión no se dan a conocer; pero es palpable que nadie pudo resistir su mandato autoritativo. Obró con la fuerza de la justicia ante la cual los poderes de la maldad tuvieron que retroceder.

Tras la tormenta de su indignación siguió la calma de un ministerio bondadoso; a los patios despejados de su casa llegaron los ciegos y lisiados, cojeando y palpando, y El los sanó. Los principales sacerdotes y escribas ardían en cólera contra El, pero se hallaban impotentes. Habían decretado su muerte e intentado repetidas veces tomarlo preso; y ahora lo veían sentado en el sitio donde ellos afirmaban tener jurisdicción suprema, y temían echarle mano por causa de la gente común, a la cual profesaban despreciar, y sin embargo, sinceramente temían, “porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole”.

La ira de los oficiales se agravó todavía más por motivo de un suceso emocionante que parece haber resultado o seguido inmediatamente tras su misericordiosa curación de los afligidos en el templo. Algunos niños vieron lo que hizo, y sus pensamientos inocentes, libres aún del prejuicio de la tradición, y con ojos que el pecado no había cegado todavía, reconocieron en El al Cristo y prorrumpieron en un himno de alabanza y adoración escuchado por los ángeles: “¡Hosanna al Hijo de David!” Los principales del templo, con una saña que no pudieron disimular, le dijeron: “¿Oyes lo que éstos dicen?” Probablemente creían que repudiaría el título, o que posiblemente reafirmaría su derecho en una forma que les diera pretexto para proceder legalmente contra El, porque para la mayor parte de ellos el Hijo de David era el Mesías, el Rey prometido. ¿Se disculparía por la blasfemia consiguiente a la injustificada asunción de tan solemne dignidad? Reprochándoles su ignorancia respecto de la Escrituras, Jesús contestó: “Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?”h

Era ya el atardecer del lunes; Jesús se apartó de la ciudad y volvió de nuevo a Betania donde estaba alojado. Esta manera de proceder era la más prudente, en vista de la determinación de los príncipes de hacerlo caer en sus manos sin alborotar al pueblo, si acaso podían. De día era imposible efectuarlo, porque dondequiera que se presentaba, las multitudes lo seguían; pero si hubiese permanecido en Jerusalén durante la noche, los vigilantes emisarios de la jerarquía podrían haberlo apresado, a menos que El pudiera contrarrestarlos mediante algún acto milagroso. Aun cuando próxima, su hora todavía no había llegado; y no sería tomado preso sino hasta que El, como víctima voluntaria, se permitiera caer en manos de sus enemigos.

Los magistrados impugnan la autoridad de Cristoi

Al día siguiente, es decir el martes, Jesús volvió al templo con los Doce, pasando cerca de la higuera seca y recalcando la lección del milagro y parábola combinados, como ya hemos visto. Mientras enseñaba en el lugar sagrado, predicando el evangelio a todos los que deseaban escuchar, se juntaron en torno del Señor los principales sacerdotes y varios escribas y ancianos. Habían estado hablando acerca de El durante la noche, y resolvieron dar por lo menos otro paso. Impugnarían su autoridad con que había obrado el día anterior. Ellos eran los custodios del templo, así de la estructura material como del sistema teocrático que el santo edificio representaba; y aquel Galileo, que permitía que lo llamaran el Cristo y defendía a los que con ese nombre lo aclamaban, por la segunda vez había menospreciado su autoridad dentro de los muros del templo, y en presencia de la gente común a la cual ellos señoreaban tan arrogantemente. De modo que esta comisión oficial con sus planes bien preparados se acercó a El y dijo: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?” Este acto indudablemente constituía el primer paso de un esfuerzo concertado de antemano para suprimir las actividades de Jesús, así de palabra como de hecho, dentro de los recintos del templo. Recordaremos que después de la primera purificación del templo los judíos llenos de ira habían exigido a Jesús una señal mediante la cual pudieran juzgar el asunto de su comisión divina;j y es significativo que en esta segunda ocasión no se pidió una señal, sino más bien una declaración precisa respecto de la autoridad que poseía, y quién se la había dado. Conocían su ministerio de tres años de milagros y enseñanzas; el día anterior habían sido sanados los ciegos y cojos dentro de los muros del templo; Lázaro, testimonio viviente del poder del Señor sobre la muerte y la tumba, se hallaba delante de ellos. Demandar otra señal equivaldría a exponerse manifiestamente al ridículo del pueblo.

Sabían cuál era la autoridad que el Señor afirmaba, de modo que su pregunta tenía un propósito siniestro. Jesús no se dignó darles una respuesta que posiblemente pudieran tomar como pretexto adicional para contradecirlo; pero sí se valió de un método muy común entre ellos, el de contestar una pregunta con otra. “Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?” Los judíos consultaron entre sí, sobre la respuesta que mejor les ayudaría a zafarse de aquella embarazosa situación, pero nada se dice de que hayan intentado acertar la verdad y responder consiguientemente; se hallaban completamente confusos. Si contestaban que el bautismo de Juan era de Dios, Jesús probablemente les preguntaría por qué entonces no habían creído al Bautista, y por qué no habían aceptado el testimonio que Juan había dado de El. Por otra parte, si afirmaban que Juan no tenía autoridad divina para predicar y bautizar, se echarían encima al pueblo, porque las masas reverenciaban al Bautista martirizado y lo tenían por profeta. A pesar de su preciada erudición, contestaron como aturdidos niños de escuela cuando se enteran de las dificultades ocultas en lo que al principio parecía ser sólo un problema sencillo. “No sabemos”‘—le dijeron. Entonces Jesús respondió: “Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.”

Los principales sacerdotes, escribas y ancianos del pueblo se vieron burlados y humillados. Jesús les había vuelto completamente las tornas. El, a quien había sido su propósito interrogar, se convirtió en inquisidor; ellos en acobardados e indispuestos alumnos; El en hábil instructor y la multitud en observadores interesados. Habiendo poca posibilidad de una interrupción inmediata, el Maestro procedió con tranquila deliberación a relatarles una serie de tres historias espléndidas, cada una de las cuales entendieron que se aplicaba a ellos con certeza punzante. La primera de las narraciones a que nos referimos es la que se conoce como la Parábola de los Dos Hijos.

“Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, vé hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.”k

Con sus primeras palabras, “pero ¿qué os parece?” Jesús los convocó a que escucharan atentamente. La frase indicaba que en breve seguiría una pregunta, y así fue. ¿Cuál de los dos hijos era el obediente? No había sino una respuesta lógica, y tuvieron que darla a pesar de su renuencia. La aplicación de la parábola vino con rapidez convincente. La figura representativa de aquellos principales sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos del pueblo, era el segundo hijo, el cual, cuando se le dijo que trabajara en la viña, contestó con tan buena voluntad; pero no fue, aunque las vides se habían extendido como plantas silvestres, porque no había quien las podara, y el fruto de baja calidad que llegaran a producir tendría que caer y pudrirse en el suelo. Los publicanos y pecadores, sobre quienes caía el desprecio de estos jerarcas, y con los cuales se profanaban con tan sólo tocarlos, eran semejantes al primer hijo que, con su áspero pero franco desaire había desobedecido la orden de su padre; pero después, arrepentido, se puso a trabajar, penitentemente esperando poder restituir en alguna forma el tiempo perdido y el espíritu rebelde que había manifestado.l

Los publicanos y pecadores, en cuyos corazones penetró, como con voz de clarín, la exhortación de arrepentirse, habían acudido al Bautista en el desierto con la sincera pregunta: “Maestro, ¿qué haremos?”m El llamado de Juan no se había dirigido a ninguna clase en particular; pero mientras que por una parte los que confesaban ser pecadores se arrepintieron y solicitaron su bautismo, aquellos mismos fariseos y ancianos del pueblo rechazaron su testimonio e hipócritamente habían intentado tenderle un lazo.n Por medio de la parábola Jesús contestó la pregunta hecha por El mismo, si el bautismo de Juan era de Dios o de los hombres. Su declaración: “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios”, reprobó el corrupto y mojigato sistema de la jerarquía en su totalidad. Sin embargo, no se excluyó la posibilidad de una reforma. El Señor no dijo que iban a entrar los pecadores arrepentidos mientras que los hipócritas sacerdotales serían rechazados para siempre. Había esperanza para éstos si se arrepentían, aunque tendrían que venir después, no ser los primeros, en la gloriosa procesión de los redimidos.

Continuando el mismo discurso, el Señor presentó la siguiente Parábola de los Labradores Malvados.

“Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores? Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo.”o

Una vez más los judíos se vieron obligados a responder a la importante pregunta comprendida en la parábola, y de nuevo, pronunciaron su propio juicio en su contestación. La viña, hablando en términos generales, era la familia humana, y más particularmente Israel, el pueblo del convenio; el terreno era bueno y capaz de producir en rica abundancia; las vides eran las más selectas y se habían plantado con cuidado; toda la viña se hallaba ampliamente protegida por un vallado, e idealmente provista de un lagar y una torre.p Los labradores no podían ser otros sino los sacerdotes y maestros de Israel, incluso los oficiales eclesiásticos que en esa ocasión se hallaban presentes en su categoría oficial. El Señor de la viña había enviado profetas autorizados entre el pueblo para que hablaran en su nombre; y los impíos arrendatarios los habían rechazado, maltratado, y en muchos casos, cruelmente asesinado.q En las versiones más detalladas de la parábola leemos que cuando el primer siervo llegó, los despiadados labradores “le golpearon, y le enviaron con las manos vacías”; al siguiente, “le hirieron en la cabeza, y también le enviaron afrentado”; mataron a otro siervo y a todos los que llegaron después maltrataron cruelmente, asesinando a algunos. Aquellos malvados habían utilizado la viña de su Señor para su propio beneficio y no habían entregado la parte del producto que pertenecía al dueño legal. Cuando el Señor envió a otros mensajeros, “más que los primeros”, o en otras palabras, mayores que los anteriores—el ejemplo más reciente siendo Juan el Bautista—los labradores los rechazaron con una determinación impía más rencorosa aún. Por último el Hijo fue en persona; temían su autoridad de heredero legal, y con maldad casi increíble resolvieron matarlo a fin de perpetuar su ilícita posesión de la viña y de allí en adelante considerarla suya.

Jesús relató su historia sin interrupción, relacionando el sanguinario pasado con el todavía más trágico y espantoso futuro, cuya consumación llegaría en solo tres días. Tranquilamente relató, mediante una figura profética, como si ya se hubiera cumplido, la forma en que aquellos hombres impíos echaron al Hijo amado fuera de la viña y lo mataron. No pudiendo evadir la inquisidora pregunta de lo que el Señor de la viña natural y justificadamente haría con los labradores malvados, los magistrados judíos dieron la única respuesta lógica: que ciertamente destruiría a aquellos infames pecadores y arrendaría su viña a quienes fuesen más honrados y dignos.

Cambiando bruscamente la imagen, Jesús les dijo: “¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.”r No podía haber duda en cuanto al significado del Señor; la Piedra rechazada que finalmente ocuparía el lugar principal, “la cabeza del ángulo” del edificio de la salvación, era El, el Mesías. Para algunos aquella Piedra sería motivo de tropiezo. ¡Ay de ellos!, porque se estrellarían contra ella, y solamente por medio del arrepentimiento y las obras justas podrían siquiera rehabilitarse en parte; mas sobre otros que persistieran en su oposición, la Piedra caería como juicio; y ¡ay, ay de ellos!, porque bajo su peso serían destruidos como si hubiesen sido reducidos a polvo.s El reino de Dios estaba a punto de serles quitado a los directores y al pueblo que seguía sus impíos preceptos y malos ejemplos, y con el tiempo iba a ser dado a los gentiles, los cuales, como lo afirmó el Señor, se mostrarían más dignos que Israel. La narración de S. Lucas nos da a entender que “ellos”—no nos es dicho si fueron los príncipes de los sacerdotes o el pueblo común—al reflexionar tan terrible castigo, exclamaron asombrados: “¡Dios nos libre!”

Enterados los principales sacerdotes y fariseos de lo completo que había sido su derrota, y cuán extensa su humillación a los ojos del pueblo, se llenaron de ira y aun procuraron echarle mano allí mismo en el templo; pero la simpatía de la multitud estaba tan palpablemente a favor de Jesús, que los clérigos eclesiásticos desistieron. El pueblo en general, aun cuando no estaba preparado para proclamarlo manifiestamente como el Cristo, sabía que era un profeta de Dios, y no permitieron que su temor de la desaprobación oficial o la posibilidad de algún castigo les impidiera hacer estas manifestaciones de amistad.

Jesús reanudó sus enseñanzas relatando la Parábola de la Fiesta de Bodas.

“Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas: mas estos no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a lo convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. Al oirlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados.”t

La invitación de un rey a sus súbditos es el equivalente de una orden. La fiesta de bodas no fue un acontecimiento inesperado, pues desde mucho antes habían sido invitados los huéspedes escogidos, y de acuerdo con las costumbres orientales, nuevamente se les notificó el primer día de las festividades,u las cuales, según entendemos de las costumbres hebreas, duraban un período de siete a catorce días; y como en este caso se trataba de una boda en la familia real, se supone que serían de mayor duración. Muchos de los huéspedes invitados se negaron a concurrir cuando se les llamó formalmente, e hicieron caso omiso del segundo y más urgente mensaje del rey tolerante, y se fue cada cual a sus propios asuntos, mientras que los más perversos echaron mano de los siervos que llevaban la invitación real, los trataron cruelmente y aun mataron a algunos. Palpablemente se manifiesta que su menosprecio de la fiesta del rey constituía una rebelión intencional contra la autoridad real, así como una afrenta personal al soberano reinante y a su hijo.

En calidad de súbditos leales no sólo tenían el deber, sino era un honor asistir a la fiesta de bodas del príncipe, el cual sin equívoco podemos suponer que era el heredero legal del trono y, consiguientemente, el que algún día reinaría sobre ellos. El hecho de que se fue uno a su labranza y otro a su negocio es evidencia, en parte, de su afán por las cosas materiales sin ninguna consideración a la voluntad de su soberano; pero también indica que intentaron calmar sus conciencias perturbadas con alguna ocupación distrayente; y posiblemente signifique, además, una manifestación premeditada de anteponer sus asuntos personales al llamado de su rey. El monarca infligió una terrible retribución sobre sus súbditos rebeldes.

Si se tenía por objeto que fuese una presentación alegórica de algún suceso verdadero, la parábola, al llegar a este punto, deja la historia de lo pasado por la de lo futuro, porque la destrucción de Jerusalén no se efectuó sino hasta varias décadas después de la muerte de Cristo. Hallando que eran completamente indignos los huéspedes a quienes se había honrado con la invitación real, el rey nuevamente envió a sus siervos, los cuales recogieron de las calzadas y cruceros, de los caminos y senderos, a todos los que pudieron encontrar, sin tomar en consideración su rango o estación, o que fueran ricos o pobres, buenos o malos; “y las bodas fueron llenas de convidados”.

La gran fiesta con la cual se habría de inaugurar el reinado mesiánico era un tema favorito de jubilosa exposición tanto en las sinagogas como en las escuelas; y causaban gran regocijo las exposiciones rabínicas de que nadie más que los hijos de Abraham serían contados entre los benditos participantes. El rey de la parábola es Dios; el hijo cuyas bodas fueron el motivo de la fiesta es Jesús, el Hijo de Dios; los huéspedes que fueron convidados primero, y más tarde se negaron a concurrir cuando quedó preparada la fiesta, son el pueblo del convenio que rechazó a su Señor, el Cristo; los invitados posteriores, traídos de las calles y caminos, son las naciones gentiles a las cuales se ha llevado el evangelio desde la época en que lo rechazaron los judíos; y la fiesta de bodas simboliza la gloriosa consumación de la misión del Mesías.v

Todos los que han estudiado el tema deberán haber notado la semejanza que esta parábola guarda con la de la gran cena,x y quizá no son muchos los que han considerado las diferencias entre una y otra. La primera historia fué relatada en casa de uno de los principales fariseos, probablemente en un pueblo de Perea; la segunda de las narraciones fue dentro del templo, después de haber llegado a su apogeo la oposición de los fariseos hacia Cristo. La primera tiene un tema más sencillo y un desenlace menos severo. En ésta, la desatención de los convidados iba acompañada de excusas, algunas de las cuales parecían ser una disculpa urbana; el desprecio de los convidados, en la segunda parábola, fue decididamente ofensivo, y aparte de ello hubo vengonzosos atropellos y asesinatos. En uno de los casos el huésped fue un rico ciudadano particular; y en el otro, fue el rey quien preparó la fiesta. En el primero, la fiesta, aun cuando común, fue espléndida; y en el segundo, la boda designada del heredero real señaló la ocasión. En el primero, la retribución se concretó a la exclusión de los invitados del banquete; en el segundo, el castigo individual fue la muerte, acompañada del ejemplo punitivo de la destrucción de la ciudad.

Nuestra relación de la fiesta real de bodas no ha concluido todavía, y como suplemento a la historia que acabamos de considerar, leemos lo siguiente:

“Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.”

Las lecciones comprendidas en esta parte de la parábola con ventaja se pueden considerar separadamente de las de la primera sección. Como correspondía a su dignidad, el rey entró en el comedor después que los huéspedes hubieron tomado su lugar según el orden dispuesto. El rápido descubrimiento de uno que no llevaba puesto el vestido prescrito indica que hizo un examen personal de los invitados. Uno podrá preguntar: Vistas las circunstancias de la urgente invitación, ¿cómo podían prepararse o vestirse debidamente para la fiesta los varios huéspedes? La unidad de la narrativa sobrentiende que en alguna forma se había providenciado para que todo el que debidamente la solicitase, recibiera la ropa prescrita por órdenes del rey, y de conformidad con la costumbre establecida de la corte. El contexto claramente da a entender que el huésped vestido indebidamente había incurrido en un descuido, falta de respeto intencional u otra ofensa más grave. El rey lo trató con graciosa consideración al principio, preguntándole únicamente cómo había entrado sin el vestido de bodas. Si el huésped hubiera podido explicar su presentación irregular, o hubiese tenido alguna excusa razonable que ofrecer, ciertamente habría hablado; pero nos es dicho que permaneció mudo. La invitación del rey se había extendido gratuitamente a todos aquellos a quienes sus siervos encontraran; pero cada uno tuvo que entrar en el palacio real por la puerta, y antes de llegar al comedor, donde el rey se presentaría en persona, cada cual tuvo que estar debidamente vestido. Sin embargo, el que no estaba preparado había entrado por otra parte en alguna forma, y en vista de que se había introducido sin pasar por los que estaban cuidando la puerta, era de aquellos a quienes el Señor previamente tildó de ladrones y robadores, porque, no habiendo entrado por la puerta, había subido por otra parte.y El rey dio la orden, y sus ministrosz ataron al ofensor y lo echaron del palacio a las tinieblas de afuera donde la angustia del remordimiento provoca el llanto y el crujir de dientes.

En calidad de resumen y epílogo de las tres grandes parábolas que constituyen esta serie, el Señor pronunció estas palabras de importancia solemne: “Porque muchos son llamados y pocos escogidos.”a Cada una de las parábolas contiene su propio tesoro de sabiduría, y las tres unánimemente declaran la gran verdad de que aun los hijos del convenio serán rechazados a menos que se hagan merecedores de su título, obrando piadosamente; y que por otra parte, se abrirán las puertas del cielo a los paganos y pecadores, si por medio del arrepentimiento y obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio merecen la salvación.

La historia de la fiesta de bodas del rey fue la última de las parábolas que nuestro Señor pronunció públicamente a un grupo mixto. Dirigió otras dos a los apóstoles mientras solemnemente conversaba con ellos sentado sobre el Monte de los Olivos después de la conclusión de su ministerio público.

Notas al Capitulo 30

  1. La higuera.—“La higuera es sumamente común en Palestina (Deut. 8:8). Su fruto es un alimento bien conocido y altamente estimado. En el Oriente se producen tres variedades: (1) El higo tempranero que se madura como a fines de junio; (2) el higo veraniego que se madura en agosto; (3) el higo de invierno, más grande y obscuro que el segundo, permanece en el árbol y se madura ya tarde, aun después que se han caído las hojas, y ocasionalmente se recoge en la primavera. La flor de la higuera se encuentra dentro del receptáculo o fruta así llamada; no se ve exteriormente, y la fruta empieza a desarrollarse antes que las hojas. De manera que en esta higuera, cubierta de hojas antes de su tiempo normal, uno naturalmente esperaría hallar alguna fruta (Marc. 11:13); sin embargo, sólo estaba aparentando.”—Comparable Bible Dictionary por Smith.

  2. Los dos hijos de la parábola.—Aunque esta excelente parábola fué dirigida particularmente a los principales sacerdotes, escribas y ancianos que se presentaron hostilmente para exigir a Cristo las credenciales de su autoridad, la lección que contiene es de aplicación universal. Los dos hijos viven aún en todo grupo humano, uno de ellos haciendo alarde de su pecado, el otro un fingidor hipócrita. Jesús no encomió la áspera respuesta del primer hijo, cuyos servicios el padre solicitó con toda justicia; fue su arrepentimiento subsiguiente, acompañado de las obras, lo que lo hizo superior a su hermano que prometió ir de buena gana, pero no cumplió. Hay muchos en la actualidad que se jactan de no tener religión y nunca aparentan una vida piadosa. Esta franqueza no mitigará sus pecados; simplemente indica que entre sus numerosas ofensas no figura cierto género de hipocresía. Sin embargo, el hecho de que un hombre sea inocente de cierto vicio, digamos de la borrachera, en ninguna manera disminuye la medida de su culpabilidad si es mentiroso, ladrón, adúltero o asesino. Los dos hijos de que habla la parábola eran pecadores; pero uno se volvió de sus malos caminos que hasta entonces había recorrido con notoriedad patente, mientras el otro continuó sus hechos tenebrosos de pecado que intentó cubrir con un manto de hipocresía. Nadie piense que porque se embriaga en una cantina pública ya por eso es menos borracho que aquel que ingiere la “bebida infernal” en secreto; y éste no solamente es borracho sino hipócrita. El único contraveneno salvador para estos pecados, así como para todos los demás, es el arrepentimiento sincero.

  3. Israel es representado por la viña y las vides.—Los judíos no pudieron menos que percibir la forma tan apta en que nuestro Señor representó a Israel valiéndose de la viña, pues para ellos eran figuras familiares los símiles de forma análoga tomados del Antiguo Testamento. Destaca entre ellos el notable cuadro que Isaías presenta (5:1-7), en el cual la viña bien cuidada sólo produjo uvas silvestres, razón por la cual el desilusionado dueño de la viña determinó derrumbar el muro, quitar el vallado y abandonar la viña. La explicación de la parábola proferida por Isaías es la siguiente: “Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor.” Por medio de su profeta Ezequiel, el Señor declaró lo inservible que es una vid cuando no produce fruto (15:2-5); y es palpablemente cierto que la madera de una vid para nada sirve sino para ser quemada; pues como madera, toda la vid es inferior a una rama de los árboles del bosque (versículo 3). Una vid de esta naturaleza representa a Israel; preciosa cuando da fruto, pero buena sólo para combustible en caso contrario, y de mala calidad por cierto. El Salmista cantó de la vid que Jehová sacó de Egipto, la cual, plantada con cuidado y cercada con vallado, se cubrió de vástagos y renuevos, pero la gracia del Señor se había apartado de la vid, y quedó abandonada (Salmo 80:8-16).

  4. La invitación a la fiesta de bodas.—Trench (Parables, pág. 175 176) comenta en esta forma la invitación comunicada a los huéspedes invitados de antemano: “Este llamado a los que previamente fueron convidados concordaba y, como lo atestiguan los viajeros modernos, todavía concuerda en muchos respectos con las costumbres de los orientales. Leemos, por tanto, que Ester invitó a Amán a un banquete para el día siguiente (Ester 5:8); y habiendo llegado la hora, se presentaron los chambelanes para acompañarlo a la fiesta (6:14). De manera que no existe ni la menor razón para suponer que los “convidados” eran aquellos que iban a ser invitados. Tal interpretación contravendría el propósito más elevado para el cual se narró la parábola; porque nuestro Señor, dando por sentado que los huéspedes habían sido convidados desde mucho antes, recuerda en esa forma a sus oyentes que lo que El traía, si nuevo en cierto respecto, era el cumplimiento de lo antiguo en otro; que tenía derecho de ser oído, no como quien repentinamente inicia algo que ninguna relación tiene con lo que aconteció antes, sino porque El mismo representaba el cumplimiento de la ley, hacia lo cual ésta siempre había estado señalando, el nacimiento de aquello con lo cual toda la dispensación judía se hallaba impregnada; y este hecho de sí mismo debió dar significado a todo ello. Sus palabras, ‘los convidados’, subentienden el hecho de que la venida de su reino no era cosa abrupta; que desde mucho antes se habían echado los fundamentos; que todo aquello que sus adversarios estimaban de precioso en su historia pasada era una profecía de bendiciones que efectivamente ahora les eran presentadas en El. La invitación original cuya realización ahora había llegado, databa desde la fundación de la nación judía; y cada profeta subsiguiente la había recogido y repetido, profetizando la gracia suprema que algún día llegaría a Israel (Lucas 2:10-24; 1 Pedro 1:12) y amonestando al pueblo que se conservara preparado espiritualmente para recibir a su Señor y su Rey.”

  5. Siervos y ministros.—Según las mejores autoridades filológicas, “ministros” o “ayudantes ministrantes” es una traducción más literal del original que la frase “los que servían”, que aparece en Mateo 22:13. En los versículos anteriores (3, 4, 6, 8, 10) del mismo capítulo, las palabras “siervos” o “sirvientes” expresan con más exactitud el significado del original. La distinción es significativa, pues da a entender una importante diferencia de categoría entre los siervos enviados a invitar al pueblo a la fiesta, y los ministros que atienden personalmente al rey. Los primeros representan a los siervos de Dios que proclaman su palabra en el mundo; los segundos simbolizan a los ángeles que ejecutarán sus juicios sobre los malvados, separando del reino de nuestro Padre todas las cosas que ofenden. Compárese con Mateo 13:30, 39, 41; Doc. y Con. 86:5.

  6. Los llamados y los escogidos.—Citamos parte de las reflexiones de Edersheim sobre el tema (tomo ii, págs. 429, 430): “El Rey entró para ver a sus huéspedes, y entre ellos notó a uno no llevaba puesto el traje de bodas … En vista de que los invitados eran viajeros y tomando en consideración que la fiesta se hizo en el palacio del Rey, no podemos equivocarnos en suponer que se dispuso esta ropa en el palacio para cuantos la solicitaran: y esto concuerda con la circunstancia de que el hombre ‘enmudeció’. Su conducta manifestó completa insensibilidad concerniente al fin para el cual había sido llamado: ignorancia del debido respeto hacia el Rey y del propio decoro en tal fiesta. Porque aun cuando no se había exigido a los huéspedes ninguna preparación anterior, pues a todos se convidó, bien fueran buenos o malos, no por eso se podía hacer caso omiso del hecho de que para poder participar en la fiesta debían ponerse ropa propia para la ocasión. Todos son invitados a la fiesta del evangelio; pero el que quiera participar debe ponerse primeramente el vestido de bodas del Rey, la ropa de santidad evangélica. Y en vista de que en la parábola se dice que sólo uno fue descubierto sin esta ropa, el acontecimiento tiene por objeto enseñar que el Rey no sólo considerará en forma general a sus huéspedes, sino que se hará un examen de cada uno por separado, y que nadie—ni un solo individuo—podrá escapar de ser descubierto entre la multitud de invitados, si no lleva puesto el vestido de bodas. En una palabra, en aquel día del juicio no se hará un examen de las iglesias, sino de los que pertenecen a la Iglesia … El llamado se hace a todos; pero uno podrá aceptarlo sólo exteriormente, y se sentará en la fiesta, y sin embargo, no será elegido para participar, porque le faltará el vestido de boda de gracia conversiva y santificante. De manera que uno puede ser echado de la cena de bodas a las tinieblas de afuera, con su consiguiente tristeza y angustia. Así que estas dos cosas, el llamado y la elección que vienen de Dios, aun cuando una se halla al lado de la otra, se encuentran extensamente separadas. El vínculo unificador entre ellas es el vestido de bodas que gratuitamente se ofrece en el palacio. Sin embargo, debemos buscarlo, solicitarlo y llevarlo puesto. Y aquí, en igual manera nosotros tenemos, uno al lado del otro, el don de Dios y la actividad del hombre. Y todavía, por todas las épocas y para todos los hombres, la misma amonestación, enseñanza y bendición siguen siendo ciertas: ‘¡Muchos son llamados, y pocos escogidos!’ ” Aparecen en nuestra Biblia muchas palabras de significados afines, así hebreas como griegas. La palabra griega original, donde se menciona el vestido de bodas, es enduma; pero no ocurre en otros pasajes bíblicos, como original de “vestido”. El sustantivo se relaciona con el verbo griego enduein, que significa “vestirse de algo”. Compárese con Lucas 24:49 “Hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.”