2007
El refrigerador de mamá
febrero de 2007


El refrigerador de mamá

¿Cómo se valió nuestra madre de un curioso refrigerador amarillo para enseñarnos una lección? Al dejar que nos mostrara lo que verdaderamente importa.

No recuerdo haber visto a mi padre llorar durante el funeral de mamá ni en ninguno de los días anteriores a su muerte. Parecía que él era el que se encargaba de consolar a los demás; pero una noche, después del entierro, vi a mi padre llorar delante de nuestro viejo refrigerador al ver lo que mamá había puesto allí. El refrigerador estaba cubierto de recuerdos de la vida de mamá.

Mis padres adquirieron el refrigerador de segunda mano cuando se casaron. Mi madre se encargó de pintarlo de aquel curioso color amarillo que jamás he visto en ningún otro refrigerador (además, terminó pintando el suelo, algunos muebles y un vestido nuevo); pero en realidad, sólo nos dábamos cuenta de aquel color cuando el refrigerador se estropeaba y había que cambiarle una pieza, momento en que mamá quitaba todo de encima.

El color quedaba oculto porque mamá lo había cubierto con todo tipo de cosas: una caricatura divertida del periódico, un dicho bien conocido, una foto de papá, un pasaje de las Escrituras para aprender de memoria, el recibo de la tintorería, un anuncio publicitario de algún producto, una carta que había que contestar, una receta, la lista de las compras, el directorio telefónico del barrio y hasta nuestras notas académicas. Al hacernos mayores, incluyó listas con asignaciones semanales, horarios y mensajes para la familia. No teníamos una pizarra ni un tablón de anuncios, así que nuestros padres también ponían láminas del Evangelio en el refrigerador.

En febrero, mamá solía fijar allí un gran corazón con todos nuestros nombres dentro; en marzo ponía la foto de su boda y una lista de cosas que quería para su cumpleaños. Junio se lo dedicó a papá porque ese mes era el cumpleaños de él, y hacía lo mismo con cada uno de los meses en que nosotros habíamos nacido. En septiembre se exhibía una bandera mexicana; y en noviembre, el mes en que mis padres recordaban a sus antepasados, mamá ponía fotos de nuestros seres queridos, con lo que nos daba pie a hablar de ellos. En diciembre colocaba un pequeño nacimiento que había confeccionado con tela.

Cada vez que uno de sus hijos iba a la misión, mamá pegaba su foto misional en el refrigerador y no la quitaba hasta que regresaba. Cuando falleció el único hermano de mamá, puso una foto de ambos en el refrigerador y jamás la quitó. Nunca lo dijo, pero al verla contemplar absorta aquella foto, sabíamos lo mucho que su hermano significaba para ella.

El refrigerador y mi madre unían a la familia.

Ahora, en mi hogar, hay un refrigerador que, aunque nuevo y sin aquel peculiar color amarillo, está aprendiendo su deber de unir y enseñar a la familia. Prenden de él la vieja foto de la boda de mis padres, otra de mi tía y las imperfectas obras de arte de mis pequeños. Cuando veo todos esos objetos, pienso en mi madre y le agradezco que me enseñara a entender cómo un refrigerador puede nutrirnos de más formas que la de simplemente mantener fríos los alimentos.