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Nuestro estimado profeta
En memoria de Gordon B. Hinckley


Nuestro estimado profeta

Conocí a Gordon B. Hinckley hace más de 50 años. Me llamaron como Ayudante de los Doce en la misma conferencia en la que a él se le sostuvo como miembro del Quórum de los Doce.

Cuando fue sostenido como Ayudante de los Doce, sus primeras palabras desde el púlpito fueron: “Sé que no he hecho el camino solo y me siento agradecido por los muchos hombres y las muchas mujeres, por los grandes y buenos hombres presentes hoy aquí y por las… personas maravillosas, cuyos nombres no recuerdo, pero que me han sido de gran ayuda” (en Conference Report, abril de 1958, pág. 123).

Gordon B. Hinckley se presentó en las Oficinas Generales de la Iglesia de camino a casa al término de su misión en Inglaterra. Su presidente de misión le pidió que presentara un informe a la Primera Presidencia, integrada por Heber J. Grant, J. Reuben Clark, Jr. y David O. McKay. La reunión de 15 minutos duró más de una hora y en ella se le pidió que sirviera como secretario del recién creado Comité de Literatura Misional de la Iglesia.

Tuvo que valerse por sí mismo para ubicar un despacho. Un amigo, cuyo padre era propietario de un almacén de material de oficina, le regaló una mesa vieja y estropeada, pero él puso un trozo de madera bajo una de las patas y llevó de su casa su propia máquina de escribir.

Fue al cuarto de materiales por una resma de papel y alguien le preguntó: “¿Sabe usted cuántas hojas hay en una resma?”.

Él respondió: “Sí. 500 hojas.

“¿Y qué va a hacer usted con 500 hojas?”

Él respondió: “Escribir en ellas, de una en una”.

Jamás dejó de escribir. Durante años me reuní cada semana con el presidente Hinckley y a menudo me lo encontraba en su escritorio redactando sus discursos, todos escritos a mano.

Mi primera asignación como Ayudante de los Doce fue como ayudante del élder Hinckley en el Departamento Misional.

No tardó él en partir para recorrer las misiones de Europa acompañando al presidente Henry D. Moyle. A su regreso, me dijo que en Düsseldorf había vivido uno de los momentos más difíciles de su vida.

En su última tarde en Europa, el presidente Moyle agasajó con una cena a los misioneros, entre los que estaba Richard, el hijo del élder Hinckley. El élder Hinckley se despidió de su hijo en el hotel y dijo que verle alejarse con su compañero en la fría noche había sido la cosa más ardua que había tenido que hacer y sollozaba mientras me lo contaba.

La extraordinaria inteligencia del hermano Hinckley y su increíble memoria no tardaron en hacerse evidentes, pero aprendí algo más importante: conocí el interior del élder Gordon B. Hinckley. Siempre fue muy celoso de su intimidad y sólo en ocasiones uno podía ver en su interior.

Al tratar de describir la capacidad comunicativa del presidente Hinckley, recordé cuando años atrás viajamos por Pakistán en compañía del élder Jacob de Jager, de los Setenta, al que llamábamos “el holandés risueño y feliz”. Nuestro anfitrión era el Sr. Suleman Habib, un viejo amigo procedente de una familia de banqueros de Karachi.

Cierto día, Suleman nos llevó al campo para que viéramos una de sus granjas. Nos topamos con un numeroso grupo de trabajadores harapientos que construían una carretera con picos y palas. Hablaban urdu, un idioma que ni Jacob ni yo habíamos oído antes. Apenas se detuvo nuestro vehículo, Jacob saltó de él y comenzó a socializar con los trabajadores.

Suleman lo miró atentamente, y luego se volvió y me dijo: “Ese hombre puede comunicarse en urdu mucho mejor que yo”. Y al rato agregó: “¡Podría embelesar a un asno o a un rey!”.

Cualquiera que fuera el poder para comunicarse y cautivar que Suleman vio en Jacob, Gordon B. Hinckley lo tenía en abundancia.

Un día vino a mi despacho un clérigo musulmán que estaba en Salt Lake City para tratarse en el Centro Ocular Moran y le preparé una cita con la Primera Presidencia. El Dr. Abdurrahman Wahid, al igual que el presidente Hinckley, tenía un vivo sentido del humor. Le acompañaba en aquella ocasión el Dr. Alwi Shihab, profesor de Estudios Islámicos de la Universidad de Harvard.

En aquella reunión, el Dr. Wahid mencionó que le habían pedido que se presentase como candidato a presidente de Indonesia. “Si resulto elegido”, dijo el Dr. Wahid, “Alwi Shihab será mi ministro de Asuntos Exteriores”.

El presidente Hinckley agregó: “Si decide presentarse y sale elegido, iré a visitarle a Yakarta”.

Ganó las elecciones y fuimos a Yakarta, donde el presidente Hinckley fue el invitado de honor de una cena celebrada en el palacio presidencial.

El primer mensaje de condolencia que recibí tras la muerte del presidente Hinckley era de Alwi Shihab. Y ayer mismo llegó un enorme arreglo floral enviado por Wahid, ex presidente de Indonesia.

Considero que el poder que el presidente Hinckley poseía para comunicarse y cautivar con las palabras procedía de su amor fraternal y de su humildad; siempre afloraba, bien entre los trabajadores en una polvorienta carretera o en un banquete en un palacio.

El presidente Hinckley creció bien versado en las doctrinas del Evangelio. Sus raíces se remontan al Fuerte Cove, que está en el centro de Utah. Una vez restaurado, el edificio ahora se yergue como en la época de los pioneros, cuando lo construyó su abuelo.

Atribuyo gran parte del crecimiento personal del presidente Hinckley a su esposa, Marjorie Pay Hinckley, siempre paciente con un hombre constantemente en marcha diez pasos delante de ella. Por ejemplo, una noche él estaba preparando su equipaje para viajar al extranjero al día siguiente.

Marjorie le preguntó: “Y bien, ¿voy contigo?”.

Él respondió: “¡No tenemos que decidirlo en este momento!”.

Él sabía, como todos deberíamos saber, que las doctrinas de Jesucristo son sinónimas de la familia.

La sucesión a la presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es un proceso extraordinario. Siempre el Apóstol de más antigüedad se convierte en Presidente, y el siguiente en antigüedad es llamado como Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles. En las revelaciones se hallan las verdades y las instrucciones por las que las Autoridades Generales dirigen la Iglesia. Cualquiera que sea la crisis o la oportunidad, las directrices y la guía se encuentran en los versículos de las Escrituras.

Nadie que haya conocido el orden de las cosas especula en quién será el próximo presidente de la Iglesia. La norma siempre ha sido ésta. Nadie aspira a cargo alguno ni evita la voluntad del Señor.

Gordon B. Hinckley no buscó los muchos llamamientos y las muchas asignaciones que recibió, pero tampoco los rehuyó.

En una de las primeras revelaciones, el Señor dijo: “…todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20) y que “lo débil del mundo vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso” (D. y C. 1:19).

La Iglesia progresa rápidamente en todo el mundo y a menudo viajamos largas distancias para organizar o reorganizar una unidad de la Iglesia. A veces se nos pregunta: “¿Dónde van a encontrar a los nuevos líderes?”. No tenemos que hacerlo porque ya están ahí, tal y como estuvo Gordon B. Hinckley. El Señor los proporciona. Prestan servicio con fe y pagan por ese privilegio con sus diezmos y ofrendas.

El Espíritu Santo se confiere a los miembros de la Iglesia en una ordenanza posterior al bautismo. En las Escrituras se dice que “él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). El Espíritu Santo es el inspirador. La inspiración siempre está ahí si se aprende a vivir con ella y para ella.

Familia es una de las palabras que mejor comprendía el presidente Hinckley. No es difícil encontrar declaraciones sobre la familia en sus sermones, discursos y consejos, ya sea ante vastas congregaciones, personas o, más particularmente, familias.

Rindo tributo a la familia de Gordon Bitner y Marjorie Pay Hinckley. Se les puede describir como la familia ideal, pues, al igual que su padre, son gente sencilla. Cualquiera que sea el renombre que hayan adquirido, es tan imperceptible en ellos como lo era en su padre.

En un cementerio cercano, hay una lápida con el nombre de Marjorie Pay Hinckley, y grabado a su lado está el de Gordon Bitner Hinckley.

Cuando María se acercó a la tumba de Jesús, un ángel dijo: “No está aquí, pues ha resucitado” (Mateo 28:6; véase también Marcos 16:6; Lucas 24:6).

A su debido tiempo, también se dirá de Gordon Bitner y Marjorie Pay Hinckley: “No están aquí, pues han resucitado y están juntos”.

Ruego que nuestro Padre bendiga el recuerdo de este dulce profeta y de su compañera eterna, así como la obra que él presidió. Lo suplico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.