¿Confiamos en Él? Lo difícil es bueno

Por el élder Stanley G. Ellis

Miembro emérito de los Setenta

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No importa de lo que se trate, lo difícil puede ser bueno para aquellos que avanzarán con fe y confianza en el Señor y en Su plan.

Antes de comenzar, como uno que representa a todos nosotros, impactados por la devastación de los recientes huracanes y terremotos, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todos los integrantes de Manos Mormonas que Ayudan y a sus facilitadores, quienes nos dieron ayuda y esperanza.

En octubre de 2006, di mi primer discurso de conferencia general. Sentí que un importante mensaje para la Iglesia mundial incluiría la afirmación “El Señor confía en nosotros”.

En verdad, Él confía en nosotros de muchas maneras. Nos ha dado el evangelio de Jesucristo, y en esta dispensación, su plenitud. Nos ha confiado la autoridad de Su sacerdocio junto con las llaves para su debido uso. Con ese poder podemos bendecir, servir, recibir ordenanzas y hacer convenios. Nos confía Su Iglesia restaurada, incluso el santo templo. Confía a Sus siervos el poder para sellar, ¡para atar en la tierra y que sea atado en los cielos! Él incluso nos confía ser padres terrenales, maestros y personas responsables del cuidado de Sus hijos.

Después de estos años de servicio como Autoridad General en muchas partes del mundo, declaro incluso con más certeza: Él confía en nosotros.

Ahora la pregunta para esta conferencia es: “¿Confiamos nosotros en Él?”.

¿Confiamos en Él?

El presidente Thomas S. Monson a menudo nos recuerda: “Confía en Jehová con todo tu corazón,y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.

“No seas sabio en tu propia opinión” (Proverbios 3:5–7).

¿Confiamos en que Sus mandamientos sean para nuestro bien? ¿En que Sus líderes, aunque imperfectos, nos guíen bien? ¿En que Sus promesas sean seguras? ¿Confiamos en que el Padre Celestial y Jesucristo nos conocen y desean ayudarnos? Incluso en medio de pruebas, desafíos y momentos difíciles, ¿confiamos todavía en Él?

En retrospectiva, aprendí algunas de las mejores lecciones durante los momentos más difíciles, ya fuera como joven, en una misión, empezando una nueva profesión, esforzándome por magnificar mi llamamiento, criando una familia numerosa o luchando por ser autosuficiente. Parece claro que ¡lo difícil es bueno!

Lo difícil es bueno

Lo difícil nos hace fuertes, nos hace humildes y nos da la oportunidad de probarnos a nosotros mismos. Nuestros queridos pioneros de carros de mano llegaron a conocer a Dios en sus situaciónes extremas. ¿Por qué le tomó a Nefi y a sus hermanos dos capítulos para obtener las planchas de bronce y solo tres versículos para conseguir que la familia de Ismael se uniera a ellos en el desierto? (véase 1 Nefi 34; 7:3–5). Parece que el Señor deseaba fortalecer a Nefi mediante la lucha por obtener las planchas.

Las cosas difíciles en nuestra vida no deberían sorprendernos. Uno de los primeros convenios que hacemos con el Señor es vivir la ley de sacrificio. El sacrificio, por definición, implica renunciar a algo deseable. Mediante la experiencia, nos damos cuenta de que es un pequeño precio que debemos pagar en relación con las bendiciones que siguen a continuación. Bajo la dirección de José Smith, se dijo que una “religión que no requiera el sacrificio de todas las cosas nunca tendrá poder suficiente para producir la fe indispensable para la vida y la salvación”1.

Las cosas difíciles no les son desconocidas a los miembros de la Trinidad. Dios el Padre sacrificó a Su Hijo Unigénito al sufrimiento terrible de la Expiación, incluso a la muerte mediante la crucifixión. En las Escrituras leemos que Jesucristo “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). Él padeció voluntariamente la agonía de la Expiación. El Espíritu Santo debe tener longanimidad para inspirar, advertir y guiarnos, solo para que a veces lo ignoremos, lo malinterpretemos y nos olvidemos de Él.

Parte del Plan

Lo difícil forma parte del plan del Evangelio. Uno de los objetivos de esta vida es que seamos probados (véase Abraham 3:25). Pocos han sufrido más inmerecidamente que el pueblo de Alma,quienes huyeron del inicuo rey Noé solo para convertirse en esclavos de los lamanitas. A través de esas pruebas el Señor les enseñó que castiga a Su pueblo y prueba “su paciencia y su fe” (Mosíah 23:21).

Durante los terribles días en la cárcel de Liberty, el Señor enseñó a José Smith a “[sobrellevarlo] bien” (D. y C. 121:8) y le prometió que si lo hacía, “todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7).

El presidente Thomas S. Monson nos ha suplicado: “… que escojamos el difícil bien en lugar del fácil mal”2. En cuanto a nuestros templos, él dijo que “ningún sacrificio es demasiado grande, ningún precio demasiado caro ni ningún esfuerzo demasiado difícil para recibir [las] bendiciones [del templo]”3.

En el mundo de la naturaleza, lo difícil forma parte del círculo de la vida. Es difícil para un pollito salir de ese duro cascarón, pero cuando alguien trata de hacerlo más fácil, el pollito no desarrolla la fuerza necesaria para vivir. De igual manera, la lucha de una mariposa por escapar del capullo la fortalece para la vida que vivirá.

A través de esos ejemplos, vemos que ¡lo difícil es la constante! Todos tenemos desafíos. La variable es nuestra reacción a lo difícil.

En algún momento, algunas personas del Libro de Mormón sufrieron “grandes persecuciones” y “muchas aflicciones” (Helamán 3:34). ¿Cómo reaccionaron? “… ayunaron y oraron frecuentemente, y se volvieron más y más fuertes en su humildad, y más y más firmes en la fe de Cristo, hasta henchir sus almas de gozo y de consolación” (Helamán 3:35). “… por motivo de la sumamente larga continuación de la guerra entre los nefitas y los lamanitas, muchos se habían vuelto insensibles… y muchos se ablandaron a causa de sus aflicciones, al grado de que se humillaron delante de Dios con la más profunda humildad” (Alma 62:41).

Cada uno de nosotros elegimos nuestra reacción a lo difícil.

Tengan cuidado con lo fácil

Antes de este llamamiento era asesor financiero en Houston, Texas. La mayor parte de mi trabajo era con multimillonarios que eran dueños de sus propios negocios. Casi todos ellos habían creado sus prósperos negocios de la nada mediante mucho trabajo arduo. Lo triste para mí fue escuchar que algunos de ellos decían que deseaban hacerlo más fácil para sus hijos. No deseaban que sus hijos sufrieran como ellos. En otras palabras, privarían a sus hijos precisamente de aquello que los había hecho prósperos.

Por el contrario, conocemos a una familia que adoptó un método diferente. A los padres les inspiró la experiencia de J.C. Penney en la que, cuando cumplió ocho años, su padre le dijo que él era responsable económicamente de sí mismo. Ellos inventaron su propia versión: conforme sus hijos se graduaban de la escuela secundaria, eran responsables económicamente de sí mismos —para obtener educación superior (universidad, posgrado, etc.) y para mantenerse económicamente (ser en verdad autosuficientes) (véase D. y C. 83:4). Felizmente, los hijos reaccionaron prudentemente. Todos ellos se graduaron de la universidad, y además varios de ellos terminaron un posgrado— todo por sí mismos. No siempre fue fácil, pero lo lograron. Lo hicieron con trabajo arduo y con fe.

Fe para confiar en Él

La pregunta: “¿Confiamos en Él?”; tal vez se podría formular mejor: “¿Tenemos la fe para confiar en Él?”.

¿Tenemos la fe para confiar en Sus promesas en cuanto al diezmo, de que con el 90 por ciento de nuestro ingreso más la ayuda del Señor, estamos en mejores condiciones que con el 100 por ciento de nuestro ingreso anual por nosotros mismos?

¿Tenemos la fe suficiente para confiar en que Él nos visitará en nuestras aflicciones (véase Mosíah 24:14), que Él contenderá con el que contienda con nosotros (véase Isaías 49:25; 2 Nefi 6:17), y que Él consagrará nuestras aflicciones para nuestro provecho? (véase 2 Nefi 2:2).

¿Ejerceremos la fe necesaria para guardar Sus mandamientos a fin de que Él nos bendiga temporal y espiritualmente? ¿Y continuaremos fieles hasta el final para que Él nos reciba en Su presencia? (véase Mosíah 2:41).

Hermanos y hermanas, ¡podemos tener la fe para confiar en Él! Él desea lo mejor para nosotros (véase Moisés 1:39). Él contestará nuestras oraciones (véase D. y C. 112:10). Él cumplirá Sus promesas (véase D. y C. 1:38). Él tiene el poder para cumplir esas promesas (véase Alma 37:16). ¡Él lo sabe todo! Y lo más importante, Él sabe lo que es mejor (véase Isaías 55:8–9).

Un mundo peligroso

Nuestro mundo de hoy es difícil. Existe iniquidad desenfrenada, corrupción en todas las naciones, terrorismo que llega hasta los lugares seguros, quiebra económica, desempleo, enfermedades, desastres naturales, guerras civiles, líderes despóticos, etc. ¿Qué debemos hacer? ¿Huímos o luchamos? ¿Qué es lo correcto? Cualquier decisión puede ser peligrosa. Para George Washington y sus ejércitos fue peligroso pelear, pero huir también lo fue para nuestros antepasados pioneros. Para Nelson Mandela fue peligroso luchar por la libertad. Se ha dicho que para que el mal prevalezca, solo es necesario que la gente buena no haga nada4.

¡No teman!

En lo que hagamos, no debemos decidir ni actuar a causa de un espíritu de cobardía. En verdad, “… no nos ha dado Dios espíritu de cobardía” (2 Timoteo 1:7). (¿Se dan cuenta de que la idea de “no temáis” se recalca a lo largo de las Escrituras?). El Señor me ha enseñado que el desánimo y el temor son las herramientas del adversario. La respuesta del Señor a los momentos difíciles es avanzar con fe.

¿Qué es lo difícil?

Cada uno de nosotros puede tener una opinión diferente de lo que es lo difícil. Algunas personas pueden considerar difícil pagar el diezmo cuando la situación económica es tirante. A veces a los líderes les resulta difícil esperar que los pobres paguen el diezmo. Puede ser difícil para algunos de nosotros avanzar con fe para casarnos o para tener una familia. Hay aquellos a quienes les resulta difícil estar “[conformes] con lo que el Señor [les] ha concedido” (Alma 29:3). Quizás sea difícil estar conforme con nuestro llamamiento actual (véase Alma 29:6). Las medidas disciplinarias de la Iglesia tal vez parezcan difíciles, pero para algunas personas marcan el comienzo del verdadero proceso del arrepentimiento.

No importa de lo que se trate, lo difícil puede ser bueno para aquellos que avanzarán con fe y confianza en el Señor y en Su plan.

Mi testimonio

Mis hermanos y hermanas, testifico que estos líderes sentados detrás de mí son llamados de Dios. Ellos desean servir bien al Señor y ayudarnos a establecer el Evangelio en nuestros corazones. Los amo y los sostengo.

Amo a nuestro Salvador, Jesucristo. Me maravillo que Él amó al Padre y nos amó a nosotros lo suficiente para llegar a ser nuestro Salvador y Redentor y que, al hacerlo, tuviese que sufrir de tal manera que hizo que “temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). Sin embargo, al hacer frente a esa terrible posibilidad y al hecho de que era necesaria, afirmó al Padre: “… no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Me glorío en las palabras del ángel: “No está aquí, porque ha resucitado” (Mateo 28:6).

Su ejemplo en verdad es “el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6). Solo al seguir ese ejemplo podemos hallar “la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23). Al haber seguido Su ejemplo y al haber aplicado Sus enseñanzas, he aprendido por mí mismo que cada una de Sus “preciosas y grandísimas promesas” (2 Pedro 1:4) es verdad.

Mis mayores deseos son estar junto a Mormón como un verdadero discípulo de Jesucristo (véase 3 Nefi 5:13) y un día escuchar de Sus labios: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21). En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Notas

  1. 1.

    Lectures on Faith, 1985, pág. 69.

  2. 2.

    Thomas S. Monson, “Decisiones”, Liahona, mayo de 2016, pág. 86.

  3. 3.

    Thomas S. Monson, “El Santo Templo: Un faro para el mundo”, Liahona, mayo de 2011, pág. 92.

  4. 4.

    Véase John Stuart Mill, Inaugural Address: Delivered to the University of St. Andrews, Feb. 1, 1867 (1867), 36.