2011
Haz invisible nuestra casa
Agosto de 2011


Haz invisible nuestra casa

Alice W. Flade, Utah, EE. UU.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando yo tenía 19 años, las tropas enemigas ocuparon el pueblo donde vivíamos en Europa. Una tarde, mientras mis padres y yo estábamos sentados a la mesa, oímos un gran estruendo. Descorrimos las gruesas cortinas que colgábamos para que los bombarderos no pudieran detectar nuestra casa durante la noche, y vimos que las tropas enemigas entraban en el pueblo con sus motocicletas, camiones y tanques desde dos direcciones diferentes. Yo estaba aterrorizada.

Mi padre, siempre un hombre de fe, dijo simplemente: “No se asusten”. Ante lo que estaba sucediendo a las puertas de nuestra casa, aquélla fue una frase fuera de lo normal. Todos sabíamos que los soldados terminarían por invadir el vecindario para saquear las casas. Mi padre nos sugirió que nos arrodilláramos al lado del sofá y rogáramos a nuestro Padre Celestial que nos protegiera. Él oró: “Padre Celestial, por favor, ciega a esos soldados. Haz invisible nuestra casa para que no la vean”.

Después de que él oró, oró mi madre y luego yo. Entonces regresamos a la mesa y miramos cautelosamente por la ventana. Vimos a los soldados irrumpir en cada casa de nuestra calle. La nuestra era la última. Se acercaron a nuestra casa pero pasaron de largo en dirección a la calle siguiente. Los observamos entrar en cada casa que alcanzábamos a ver desde nuestra ventana.

Después de dos horas de invasión, alguien dio un fuerte silbido y los soldados volvieron a sus vehículos. Cuando comenzaron a irse lentamente, nos sentimos enormemente aliviados y nos arrodillamos de nuevo para dar gracias a nuestro Padre Celestial por Su bondad y protección.

Al día siguiente, supe por una amiga muy consternada que los soldados habían hecho cosas terribles en todas las casas. Cuando le dije que no habían entrado en la nuestra, quedó asombradísima. Me dijo que los había visto dirigirse en nuestra dirección y que no sabía de ninguna casa de nuestro sector en la que no hubiesen entrado. Nuestra casa fue la única que los soldados dejaron en paz.

Sé que nuestro Padre Celestial escucha nuestras súplicas y las contesta. A veces parecería que nunca recibimos una respuesta y deseamos que nos conteste más rápido, pero sé que hace sesenta y cinco años, en nuestro hogar, Él nos respondió al instante.