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Acerca del bautismo y la confirmación vicarios

El bautismo y la confirmación son esenciales

El cuarto Artículo de Fe declara que las primeras ordenanzas del evangelio de Jesucristo son “Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados” y la “Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo”. El Salvador enseñó que el bautismo y la confirmación son esenciales para todos aquellos que deseen seguirlo y regresar a nuestro Padre Celestial después de esta vida.

Al comienzo de Su ministerio, Jesús viajó de Galilea al río Jordán, en Judea. Juan el Bautista fue allí, predicando el arrepentimiento y bautizando a las personas. Jesús también pidió ser bautizado, pero Juan se sentía renuente porque sabía que Jesús era justo en todo sentido. El Salvador explicó que Él tenía necesidad de ser bautizado para “cumplir toda justicia” (Mateo 3:15) y ser obediente a los mandamientos de nuestro Padre Celestial. De modo que Jesucristo dio el ejemplo para todos nosotros cuando entró en el agua y Juan lo bautizó.

Juan también recibió un testimonio personal de esa sagrada experiencia:

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él.

“Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mateo 3:16–17).

Más tarde en el ministerio del Salvador, un gobernante judío llamado Nicodemo se acercó a Él por la noche. Reconoció que Jesús era un “maestro que ha venido de Dios” (Juan 3:2) y deseaba aprender más. Jesús le enseñó que se necesitan el bautismo y la confirmación para nuestra salvación:

“De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:2–5).

“[Nacer] de agua” se refiere al bautismo, y nacer “del Espíritu” se refiere a recibir el don del Espíritu Santo. Esas ordenanzas son sagradas y hacemos convenios solemnes, o promesas, cuando los recibimos. Entre esos convenios se incluye tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, recordarle siempre y guardar los mandamientos de Dios. Al honrar esos compromisos, demostramos nuestra fe en Jesucristo y nuestro deseo de seguirlo.

Después de Su resurrección, el Salvador nuevamente enseñó la importancia del bautismo. Él envió apóstoles a predicar Su evangelio a todo pueblo, diciendo: “El que crea y sea bautizado será salvo” (Marcos 16:16).

Cuando el Salvador restauró Su Iglesia en la tierra en estos últimos días, también reveló al profeta José Smith el método apropiado de bautizar. Dejó bien claro que la ordenanza la debe efectuar uno que tenga la autoridad del sacerdocio y que debe hacerse por inmersión (D. y C. 20:73–74).


Dios ama a todos Sus hijos

Toda persona es hijo o hija de nuestro Padre Celestial. Toda alma es preciada para Él. Él las conoce y las ama. “Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria”, dijo Él, “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Él ha proporcionado un camino para que todos Sus hijos regresen a Él después de esta vida: ese camino es el evangelio de Jesucristo.

Muchas personas tienen la oportunidad de aceptar el Evangelio y ser bautizados mientras están en vida. Pero, ¿qué ocurre con aquellos que mueren sin haberse bautizado o sin siquiera saber acerca de Jesucristo? ¿Cómo pueden ellos también ser salvos? Dios no los ha olvidado.

A aquellos que mueren sin la oportunidad de aprender acerca del Evangelio en esta vida se les enseña en el mundo de los espíritus (1 Pedro 3:18–20; D. y C. 138:16–19). Allí tienen la oportunidad de aceptar el Evangelio y arrepentirse. Sin embargo, como espíritus, no son capaces de ser bautizados debido a que no tienen un cuerpo físico. Un Padre Celestial misericordioso ha proporcionado otra manera de que acepten el bautismo.

En el templo podemos efectuar las ordenanzas del bautismo y la confirmación a favor de aquellos que murieron sin esa oportunidad. En otras palabras, podemos actuar en lugar de ellos. A las ordenanzas que se efectúan a favor de otras personas se les llama ordenanzas por representante (u ordenanzas vicarias). Como uno de los muchos de los testigos oculares del Cristo resucitado, el apóstol Pablo enseñó a los corintios que el bautismo vicario por los muertos se practicaba debido a que todas las personas resucitarán por medio de la expiación de Jesucristo (1 Corintios 15:29, 55–57) .

La doctrina de las ordenanzas vicarias siempre ha sido parte del evangelio de Jesucristo. De hecho, Su expiación es el acto vicario más grandioso en la historia del mundo. Por medio de Su sacrificio infinito, Él hizo por todas las personas lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Gracias a Él, todas las personas resucitarán, todos escucharán el Evangelio y todos tendrán la oportunidad de volver a nuestros Padres Celestiales.

Los bautismos en el templo que se efectúan por aquellos que han muerto son dones ofrecidos con amor. Debido a que creemos que la vida continúa después de la muerte, también creemos que aquellas personas que han muerto son conscientes del bautismo y pueden elegir si lo aceptan o no.

Puedes servir a los demás en el templo

Si eres un miembro fiel de la Iglesia y tienes por lo menos 12 años de edad, puedes recibir de tu obispo una recomendación para el templo e ir al templo a efectuar bautismos vicarios a favor de aquellos que han muerto. Después del bautismo, puedes ser confirmado a favor de ellos para que puedan recibir el don del Espíritu Santo. Los bautismos y las confirmaciones vicarios se efectúan solamente en los templos.

En cada templo, hay un bautisterio con una pila bautismal grande. La pila descansa sobre el lomo de las estatuas de doce bueyes que representan a las doce tribus de Israel, lo cual sigue una tradición que se remonta al Templo de Salomón en el Antiguo Testamento (2 Crónicas 4:2–4). Al igual que en tu propio bautismo, te vestirás de blanco para efectuar bautismos vicarios a favor de aquellos que han muerto.

Después de los bautismos, regresarás al vestuario y te pondrás tu propia ropa seca. Después irás a una sala separada de confirmación en el bautisterio. Los poseedores del sacerdocio pondrán las manos sobre tu cabeza y conferirán el don del Espíritu Santo en beneficio de la persona fallecida. Una vez que se efectúen las ordenanzas, aquellos que han muerto son capaces de decidir si desean aceptarlas.

Una bendición especial de los bautismos vicarios es que puedes ser bautizado por tus propios antepasados. Al buscar los datos de tu propia historia familiar, encontrarás a tus antepasados. El llevar el nombre de un antepasado al templo y ser bautizado y confirmado a favor de esa persona es una experiencia muy personal.

Puedes proporcionar ese servicio a favor de padres, abuelos, hermanos, tías, tíos, primos y más. Las familias se pueden fortalecer por medio de ese acto de bondad. Puedes tener una conexión más profunda con tu familia y estar más cerca de Dios. Descubrirás paz y perspectiva para tu propia vida al encontrar y servir a tus antepasados. Comprenderás y conocerás mejor al Salvador al hacer también por los demás lo que no pueden hacer por sí mismos.

El élder David A. Bednar dijo: “Los aliento a que estudien, para que busquen a sus antepasados y se preparen para efectuar bautismos vicarios en la casa del Señor por sus propios familiares fallecidos… Si responden con fe a esta invitación, el corazón de ustedes se volverá a los padres. Las promesas que se hicieron a Abraham, Isaac y Jacob se arraigarán en su corazón… el amor y la gratitud que sienten hacia sus antepasados aumentará; su testimonio del Salvador y su conversión a Él serán profundos y perdurables. Y les prometo que serán protegidos contra la creciente influencia del adversario. A medida que participen en esta obra sagrada y lleguen a amarla, serán protegidos… durante su vida” (“El corazón de los hijos se volverá”,Liahona, noviembre de 2011, págs. 26–27).


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