Manuales y llamamientos
Enseñe a otros a que contribuyan a un ambiente propicio para aprender


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Enseñe a otros a que contribuyan a un ambiente propicio para aprender

“Nombrad de entre vosotros a un maestro; y no tomen todos la palabra al mismo tiempo, sino hable uno a la vez y escuchen todos lo que él dijere, para que cuando todos hayan hablado, todos sean edificados de todos y cada hombre tenga igual privilegio”(D. y C. 88:122).

Características de un ambiente propicio para aprender

Cuando nos reunimos para aprender el Evangelio, no lo hacemos meramente como maestros, alumnos y amigos. Nos reunimos como hermanos y hermanas, hijos de nuestro Padre Celestial. Estamos aún más unidos merced a nuestro convenio bautismal, porque compartimos las responsabilidades que Alma describió a los Santos que se habían bautizado en las aguas de Mormón: debemos “[fijar la] vista hacia adelante con una sola mira, teniendo una fe y un bautismo, teniendo entrelazados [nuestros] corazones con unidad y amor el uno para con el otro” (Mosíah 18:21).

De este entendimiento del convenio bautismal debemos obtener la inspiración de ayudarnos unos a otros a aprender y vivir el Evangelio a fin de que podamos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Una forma en que tanto los alumnos como los maestros pueden hacer esto es crear un ambiente propicio para aprender.

En un ambiente tal, (1) nos edificamos unos a otros mediante nuestra participación, (2) nos amamos y ayudamos mutuamente, y (3) deseamos buscar juntos la verdad.

Los maestros y los alumnos se edifican unos a otros mediante su participación. Nos edificamos unos a otros cuando escuchamos con atención los comentarios, cuando participamos en los análisis y en otras actividades de aprendizaje, cuando hacemos preguntas que requieren que se reflexione antes de responder, cuando oramos juntos, cuando compartimos experiencias e ideas personales y cuando damos nuestro testimonio(véase D. y C. 88:122).

Los maestros y los alumnos se aman y ayudan mutuamente. Las personas aprenden con mayor eficacia cuando sienten que se encuentran entre amigos que se interesan por ellos. Si presintieran que podrían ser ridiculizados o abochornados, probablemente no sientan el deseo de contribuir a las lecciones y de progresar en el Evangelio. Mediante nuestras palabras y nuestras acciones, podemos demostrarles que nos preocupamos por ellos y que queremos que progresen. El siguiente consejo del élder Henry B. Eyring se refiere al amor que debemos sentir cuando nos reunimos para estudiar el Evangelio:“Nuestro Padre Celestial quiere que nuestros corazones estén entretejidos en uno solo. Tal unión en el amor no es simplemente un ideal, sino una necesidad” (“Para que seamos uno”, Liahona, julio de 1998,pág. 72).

Todos los maestros y los alumnos desean buscar juntos la verdad. Al reunirnos con el gran propósito de aprender a entender y vivir el Evangelio, aumentan nuestras oportunidades para aprender. Cuando llegamos a ser más unidos en nuestra búsqueda de la verdad, invitamos al Espíritu del Señor para que more con nosotros más abundantemente.

Cómo enseñar a otros en cuanto a un ambiente propicio para aprender

Parte de su responsabilidad como maestro consiste en ayudar a sus alumnos de modo que entiendan lo que pueden hacer para fomentar un ambiente propicio para aprender. Cada alumno tiene la responsabilidad de contribuir para que otros tengan una buena experiencia de aprendizaje. Al tratar de establecer un ambiente propicio para el aprendizaje en su clase, usted no estará simplemente promoviendo la buena conducta o asegurándose de que no se interrumpa su presentación, sino que estará cumpliendo su comisión divina de ayudar a los demás para que sean mejores discípulos del Salvador.

A fin de ayudar a los miembros de su familia o de su clase para que contribuyan en establecer un ambiente propicio para el aprendizaje, considere llevar a cabo un análisis empleando las siguientes sugerencias:

  • Expréseles sus sentimientos en cuanto al Evangelio y explíqueles que desea ayudar a que otros aprendan las verdades del mismo.

  • Analice con ellos la responsabilidad que todos tenemos de ayudarnos mutuamente a aprender el Evangelio(véase la pág. 85).

  • Hable acerca de la importancia de participar en las lecciones.

  • Pídales que den sugerencias en cuanto a lo que pueden hacer para ayudar a crear un ambiente propicio para aprender.

Una maestra a quien se llamó a enseñar a los niños de siete y ocho años de edad en la Primaria llevó a cabo un análisis la primera vez que se reunió con ellos. “Queridos amigos”, les dijo ese domingo por la mañana, “el obispo me ha pedido que sea la maestra de ustedes. Puso sus manos sobre mi cabeza y me bendijo para que pudiera comprenderlos, amarlos y enseñarles cosas que son verdaderas. Esto me hace muy feliz. En nuestra clase, trataré de preparar lecciones que sean interesantes y verdaderas. Me aseguraré de darles muchas oportunidades para que hagan y contesten preguntas, canten, me escuchen relatarles historias y me digan cosas que saben que son verdaderas”.

La maestra prosiguió diciendo: “Antes de nacer, todos nosotros vivimos con nuestro Padre Celestial. Somos Sus hijos y, por lo tanto, todos somos hermanos y hermanas.

En nuestra clase queremos ayudarnos unos a otros para que todos podamos regresar a vivir otra vez con nuestro Padre Celestial. ¿Cuáles son algunas de las cosas que cada uno de nosotros puede hacer para ayudar a los demás en la clase a aprender las cosas importantes de que hablemos? Piense cada uno en algo que podría hacer”.

La maestra fue anotando en la pizarra las ideas de los miembros de la clase. La lista incluía cosas tales como tratarse con bondad, participar en las lecciones, compartir experiencias y testimonios, escuchar con atención y esforzarse por entender los principios del Evangelio.

Entonces la maestra les preguntó: “¿Pueden pensar en algunas cosas que podrían interferir con nuestro aprendizaje?” Luego hizo otra lista en la pizarra. Esa lista incluía cosas tales como burlarse de alguien y hablar mientras otra persona está hablando.

De esas dos listas la maestra y los niños prepararon algunas reglas para la clase describiendo lo que todos deberían esperar el uno del otro.

Ésa no fue la única vez en que la maestra les habló acerca de estos principios. De vez en cuando hablaba con cada uno de ellos en privado y, cuando era necesario, con toda la clase.

Al prepararse para enseñar, considere cómo podría adaptar el método de aquella maestra o emplear otras ideas a fin de ayudar a que los demás contribuyan a establecer un ambiente propicio para aprender. Si es observador y recurre a la oración, encontrará muchas oportunidades para enseñar que se aprende más cuando (1) nos edificamos mutuamente por medio de la participación, (2) nos amamos unos a otros, y (3) deseamos buscar juntos la verdad.

Información adicional

Para mayor información sobre cómo crear un ambiente propicio para aprender, véanse las lecciones 6 y 7 del curso Enseñanza del Evangelio (págs. 242–251).