Manuales y llamamientos
Cuando los líderes instruyen a los maestros


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Cuando los líderes instruyen a los maestros

Si usted es un líder en la Iglesia, una de sus responsabilidades más importantes es instruir a los maestros de su organización en cuanto a sus deberes y guiarlos en sus esfuerzos por mejorar. A veces puede hacerlo en las reuniones de liderazgo (véanse laspágs. 172–173) y en las reuniones de mejoramiento de maestros; otras veces podría requerir instrucciones individuales. Todo esfuerzo que haga por cumplir con esta responsabilidad podría resultar en una significativa contribución a la calidad de la enseñanza en la Iglesia.

Para instrucciones adicionales en cuanto a lo que debería hacer para guiar a sus maestros, véase la sección “Enseñanza del Evangelio y liderazgo” en el Manual de Instrucciones de la Iglesia, págs. 367–370, yCómo mejorar la enseñanza del Evangelio Una guía para el líder, págs. 5–7. A continuación se ofrecen cinco sugerencias sobrecómo brindar la guía que se describe en estos manuales.

Amar con pureza a cada maestro

A veces solemos inclinarnos a criticar, suponiendo que si le señalamos sus defectos la persona intentará cambiar. Esto raramente es verdad. Las críticas por lo general provocan una actitud defensiva y aun desaliento. Los maestros apreciarán más su consejo si perciben que usted les manifiesta un amor cristiano y que usted realmente desea ayudarles. Cierta hermana que con el tiempo llegó a ser una eficaz líder de maestras tuvo una experiencia, que a poco tiempo de comenzar a servir en la Iglesia, le enseñó ese principio. Tal experiencia cambió para siempre la forma en que ella pensaba que debía enseñar:

“Me había casado recientemente y me asignaron para que ayudara a mejorar la enseñanza en la Sociedad de Socorro. Al principio no lo reconocí, pero más me preocupaba por la tarea que por la maestra cuya clase estaba evaluando. Con pocas palabras, le dije: ‘Tendría que haber enseñado de esta manera’. La respuesta que me dio no fue expresada de este modo pero lo que me dio a entender fue inequívoco: ‘Entonces ensé-ñela usted. Si usted cree que no estoy haciéndolo como debiera, hágase usted cargo de la clase’. En ese preciso instante aprendí que lo que me faltaba era el amor. No la amaba lo suficiente ni la respetaba como debía”.

Haga resaltar todo lo bueno que los maestros estén haciendo

A la gente le gusta seguir haciendo aquello que considera que está haciendo bien. Sus elogios sinceros lograrán lo que las críticas no consiguen para alentar a los maestros y para ayudarles a continuar mejorándose.

Si usted ama a los maestros con quienes sirve, sus elogios serán siempre sinceros y podrá encontrar mucho para encomiar, ya que cada maestro posee cualidades dignas de destacar. Un maestro podría tener una voz agradable, talento para dirigir los análisis en clase o un considerable conocimiento de las Escrituras o de la historia de la Iglesia. Otro maestro podría ser muy organizado, y aun otro podría tener un humilde y sólido testimonio.

Los elogios deben ser específicos. Por ejemplo, usted podría decirle a un maestro: “Creo que la lámina del Salvador que mostró a la clase reforzó muy bien su mensaje”, o “Su testimonio al concluir la lección me ayudó a sentir la presencia del Espíritu”, o “Me gustó mucho la forma en que respondió usted a esa pregunta tan difícil”. Los comentarios específicos son por lo general más alentadores que los de tono general, porque demuestran que usted se interesa por observar con mucha atención.

Usted tendrá muchas oportunidades para hacer resaltar todo lo bueno que los maestros estén haciendo. Puede hacerlo en las reuniones de mejoramiento de maestros y cuando se reúna para consultar y aconsejar individualmente a cada maestro (véase “Procure tener el apoyo de sus líderes”, pág. 29). Pero no debe esperar a que ocurran tales ocasiones. Puede expresarles elogios después de una clase, en los pasillos del centro de reuniones, mediante una nota o con una llamada telefónica. Hasta podría expresar un elogio frente a los miembros de la clase cuando ello no abochorne al maestro.

Demuestre respeto por el potencial divino de cada maestro

Además de reconocer las habilidades actuales de cada maestro, debe reconocer el potencial divino que tienen. Ellos son hijos espirituales de nuestro Padre Celestial y poseen una capacidad infinita. Merced a un nutrimiento apropiado y a su propia y humilde dedicación, pueden mejorar y cultivar sus talentos y habilidades.

Permita que los maestros hagan planes para su propio mejoramiento

Si los maestros perciben que usted los ama y que aprecia sus esfuerzos, estarán más dispuestos a pedirle que les ayude. Cuando le consulten, ayúdeles a que preparen sus propios planes para mejorarse. Este procedimiento hace honor al concepto de que los maestros (y, en este caso, loslíderes) tienen que ayudar a otros para que asuman la responsabilidad de su propio aprendizaje y desarrollo (véase“El ayudar a las personas a aceptar la responsabilidad que tienen de aprender el Evangelio”, págs. 66–67). La gente siempre aprende más y progresa mejor cuando toma su propia iniciativa. Generalmente es mejor que los maestros se desarrollen paulatinamente empleando sus propios planes a que los líderes traten de exigirles que lo hagan con mayor rapidez (véase “El establecer un plan para mejorar su método de enseñanza”, págs. 25–28).

Corrija con humildad, con amor y mediante la guía del Espíritu Santo

Aunque por lo general es mejor permitir que los maestros adopten sus propios planes de mejoramiento, usted quizás de vez en cuando necesite corregirles. Cuando lo haga, sea amable y sumiso. Recuerde que toda reprensión debe hacerse “cuando lo induzca el Espíritu Santo” y entonces demostrar mayor amor (véase D. y C. 121:43). El caso siguiente ilustra la importancia de estos principios:

“Cierta vez, como miembro de un obispado, se me asignó a uno de los quórumes del Sacerdocio Aarónico. La primera vez que me reuní con ese quórum, ocurrió algo que me molestó mucho. El asesor enseñó una excelente lección, pero al terminarla malogró toda su efectividad al decir: ‘Bueno, esto es lo que se nos enseña, pero en realidad no es así’. Esto me preocupó sobremanera y, sin criticar al asesor, yo di mi testimonio, asegurándome de que los jóvenes pudieran obtener un entendimiento correcto. Pocas semanas después, el asesor volvió a hacer lo mismo. Esta vez, después de una buena lección, puso en tela de juicio la importancia de una estricta obediencia al principio que había estado enseñando.

“Esperé varios días y le dije al asesor que quería hablar con él. Ayuné y oré antes de ir a verlo. Sentía gran amor por aquel hombre y me aseguré de no tener ningún sentimiento negativo contra él. Después de haber conversado en cuanto a los jóvenes del quórum, le dije que me preocupaban algunos de sus comentarios que no coincidían con lo que el manual indicaba que debíamos enseñar. Le indiqué que esos jóvenes estaban en una edad idealista y que necesitaban comprender esos ideales a fin de que pudieran vivir en base a ellos. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a contarme acerca de algunos problemas que había tenido en su vida y que le impulsaron a decir lo que había dicho. A raíz de esa conversación, nos hicimos muy buenos amigos. No fue la semana siguiente sino varias semanas más tarde que mencionó ante la clase que las cosas que había dicho eran equivocadas y pidió que se le perdonara. Yo estoy seguro de que fue el amor y el Espíritu del Señor lo que produjo esa extraordinaria transformación en su corazón. Basta decir que aquel hombre fue mejorándose cada vez más como maestro”.