El don de la paz del Señor

De la Presidencia de los Setenta

Tomado de un discurso del Devocional de Navidad de la Primera Presidencia, “No temáis”, pronunciado el 6 de diciembre de 2015 en el Centro de Conferencias.

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Incluso en un mundo donde la paz parece lejana, el don de la paz del Salvador puede vivir en nuestro corazón a pesar de nuestras circunstancias.

Mary holding baby Jesus

Nativity in Copper and Umber, por J. Kirk Richards

¿Hay algo mejor que la hermosa música y villancicos de Navidad, las reuniones navideñas de familiares y amigos, los rostros sonrientes y la exuberancia del gozo de los niños? La Navidad tiene la capacidad divina de reunirnos como familia, amigos y comunidades. Esperamos el intercambio de regalos y gozar de una cena navideña.

En Un cuento de Navidad, del escritor inglés Charles Dickens, el sobrino de Ebenezer Scrooge capta la magia de esta sagrada época del año. Él piensa: “Siempre he pensado de la Navidad, al llegar… como una época buena; una época agradable de amabilidad, de perdón, de caridad; el único momento que conozco en todo el año en que los hombres y las mujeres, de común acuerdo, parecen abrir sus corazones libremente y considerar a [otras] personas… Y por tanto… aunque nunca ha puesto en mi bolsillo un gramo de oro ni de plata, creo que me ha hecho bien y que me hará bien; por eso digo: ¡Dios la bendiga!”1.

Como padre, y ahora como abuelo, he recordado la magia de la Navidad al ver a mis hijos, y ahora a mis nietos, celebrar el nacimiento del Salvador y gozar de la compañía unos de otros al reunirnos en familia. Estoy seguro de que ustedes habrán visto, como yo, el gozo y la inocencia con la que los niños esperan y disfrutan estas fiestas especiales. Al ver su gozo nos recuerda Navidades pasadas felices. Fue Dickens quien dijo: “Es bueno en ocasiones ser niños, y nunca mejor que en Navidad, cuando su poderoso Fundador era niño también”2.

Crecí cerca de Los Ángeles, California, EE. UU., donde nuestro hogar estaba rodeado por huertos de naranjas. Una noche, cada Navidad, mis padres invitaban a la familia, amigos y vecinos a casa a cantar villancicos y disfrutar de un refrigerio. Era una maravillosa tradición para todos, y parecía que los cantos se prolongaban por horas. Los niños cantábamos lo que creíamos necesario y luego nos escabullíamos en el naranjal a jugar.

Mi esposa Kathy y yo también criamos a nuestra familia en el sur de California, relativamente cerca de la costa. La Navidad allí se caracteriza por las palmeras meciéndose con la brisa. Todos los años, nuestros hijos esperaban bajar a la bahía para ver el desfile anual de Navidad de botes. Cientos de hermosos yates, brillando con luces de todos colores, rodeaban la bahía mientras mirábamos embelesados.

Ahora que vivimos en Salt Lake City, Utah, EE. UU., Kathy y yo tenemos la tradición de llevar a nuestros hijos y nietos a ver la puesta en escena de Un cuento de Navidad. Todos los años, al ver a Scrooge realizar su milagrosa transformación de ermitaño a ser un vecino feliz lleno de gozo por la Navidad, sentimos el deseo de deshacernos del Scrooge que llevamos en nuestro interior. Nos sentimos motivados a ser un poco mejores al seguir el ejemplo del Salvador de ser caritativos con todos.

El poder redentor de Jesucristo

El espíritu transformador de la época navideña se arraiga en el poder redentor de Jesucristo para cambiar nuestra vida para mejor. El amado relato del nacimiento del Hijo de Dios hace más de dos mil años en Belén está registrado en el libro de Lucas:

“Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese empadronada…

“E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.

“Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén…

“para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta.

“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de dar a luz.

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.

“Y esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían:

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:1, 3–14).

No temáis

shepherds abiding in the field

The Shepherds Made Known Abroad, por J. Kirk Richards

El ángel percibió el temor de los pastores cuando se les apareció, y les dijo: “No temáis”. La asombrosa gloria de Dios, la cual irradiaba del inesperado mensajero celestial, causó un gran temor en sus corazones. Pero las nuevas que el ángel vino a compartir no eran para tener temor; había venido a anunciar un milagro, a traer las buenas nuevas, a decirles que la redención de la humanidad literalmente había empezado. Ningún otro mensajero antes o desde entonces ha traído nuevas de mayor gozo.

El Unigénito del Padre iniciaba Su estadía terrenal: “Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. Esas fueron en verdad nuevas de gran gozo.

Todos enfrentamos momentos en la vida en los que el gran gozo que el ángel prometió puede parecer esquivo y distante. Todos estamos sujetos a las flaquezas y dificultades de la vida: enfermedad, fracaso, decepción y, al final, la muerte. Si bien muchas personas tienen la bendición de vivir seguros físicamente, otras, hoy día, no. Muchas afrontan grandes dificultades para satisfacer las exigencias de la vida con el daño físico y emocional que esas exigencias acarrean.

Sin embargo, a pesar de las dificultades de la vida, el mensaje del Señor para cada uno de nosotros es el mismo ahora como lo fue para los pastores que guardaban las vigilias hace dos mil años: “No temáis”. Tal vez el mensaje del ángel de que no temieran tenga una mayor relevancia hoy de la que tuvo aquella primera noche de Navidad para calmar el temor de los pastores. ¿Habrá querido decirnos que gracias al Salvador el temor no triunfará? ¿Habrá querido reforzar el hecho de que el temor nunca está justificado, que ningún problema terrenal tiene que ser duradero y que la redención está al alcance de todos?

El regalo o don más dulce que se da en Navidad siempre será el que nuestro Salvador mismo nos dio: Su paz perfecta. Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Incluso en un mundo donde la paz parece lejana, el don de la paz del Salvador puede vivir en nuestro corazón, a pesar de nuestras circunstancias. Si aceptamos la invitación del Salvador de seguirlo, el temor duradero desaparecerá para siempre. Nuestro futuro está asegurado. Estas son las “nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo”.

“No temas”, nos recuerda el profeta Isaías, “porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco; siempre te ayudaré; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).

Esperanza en el Salvador

Gracias a que el Salvador nació hace dos mil años en Belén, hay esperanza, y mucho más. Hay redención, libertad, victoria y triunfo. El mal fracasará, la justicia prevalecerá3.

Con razón un coro de ángeles apareció de repente como reafirmación celestial al anuncio que hizo el ángel del nacimiento del Salvador, cantando: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”. Ningún mensaje podría ser más reconfortante. Ningún mensaje estuvo más lleno de buena voluntad para con los hombres.

Que esta época sea una de paz y gozo para todos, “porque [nos] ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”.

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Notas

  1. 1.

    Charles Dickens, Un cuento de Navidad, 1858, págs. 5–6.

  2. 2.

    Un cuento de Navidad, pág. 67.

  3. 3.

    Véase “I Heard the Bells on Christmas Day”, Hymns, nro. 214.